30 ene. 2012

Vaya por delante que no
deseo ganarme enemigas.

Si reconozco mi sinceridad al afirmar –semana tras semana– la primacía de la mujer frente al hombre (el relato bíblico nos descubre, en este caso, la cuestión del huevo y la gallina, pero no por llegar antes Adán aprovechó los recursos que Dios ponía en sus manos para ganarle la partida al fruto de su costilla), también admito que no hay error más grave que declararle la guerra a una mujer, pues sabemos que tiene todas las de ganar frente al escritorzuelo que firma esta doble página. En todo caso, lo cortés no quita lo valiente, así que tomo aire y suelto a los cuatro vientos que me encantan las señoras que saben envejecer. Es decir: no me van los disfraces con los que algunas pretenden engañar al ojo del buen cubero, especialmente cuando el embeleco se fabrica con toxinas botulínicas o con cortes de bisturí que convierten la piel en goma elástica.
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