10 feb. 2012

Acabo de regresar de un viaje a una de las metrópolis europeas que dominaron el mundo. Los monumentos atestiguan aquel poderío del que restan unos pocos flecos. Sin embargo, por el corazón de sus calles pasea una mezcla racial fascinante, como si el calidoscopio humano fuese una venganza tardía frente a los siglos de dominación, las décadas de desprecio imperial que no deseaba mezclar la sangre blanca (que es roja, al fin y al cabo) con la negra, la amarilla o la mestiza (rojas también, por si alguien tuviese alguna duda).

Se me encendía un chispazo de asombro al contemplar los monumentos a los reyes y las reinas, a los militares de alto grado que condujeron la conquista de los tesoros de ultramar, a los bucaneros con galones que hicieron de los océanos el laberinto del pillaje… entre el indiferente ir y venir de esos ciudadanos que llevan el exotismo pintado en el rostro, los ojos negros como caparazones de escarabajo, los párpados oblicuos, la piel con pátina de ébano e, incluso, en la vestimenta de rincones que no conocen la tiranía de las modas.
Occidente perdió las colonias y renegó de la responsabilidad en sus excesos libertarios. Por eso las nuevas generaciones dejaron de venerar a los caídos por la gloria de la bandera y preferimos mover las caderas a ritmo de rock&roll, entregados al desenfreno sin preocuparnos de las consecuencias: somos una Europa sin rumbo que por no tener, ni siquiera dispone de relevo generacional.

Ahí está el quid del asunto: la liberación sexual y la cultura de la anticoncepción y el aborto han dejado las calles del viejo Continente convertidas en un solar de pieles blancas. Un solar por el que ahora caminan los antiguos desheredados. Se dirigen al autobús, que conduce uno de ellos. Y el autobús les lleva a la oficina, poblada por trabajadores como ellos. Cuánto me alegro de que vengan a ocupar nuestro vacío, la renuncia a que sean nuestros hijos quienes continúen el legado de la pretendida gloria terrena.
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