22 feb. 2012

Acaban de poner
el marcador a cero,
un año más.


Parece como si la historia de estos últimos lustros consistiese en una suma de asesinatos: de muerta a muerta y tiro porque me lleva la corriente... Aguardan la primera víctima, que aparece en los teletipos con fuerza de primicia; ha sonado el gong de enero, el disparo que baja la bandera de una loca carrera que irá dejando los cadáveres de la violencia machista a los mercachifles del horror, que se frotan las manos al tiempo que sueltan su retahíla de frases hechas, cuestiones de forma porque, en el fondo,
están satisfechos de tener carnaza para sus programas de televisión de los próximos días. “Pena que una desconocida asaetada a cuchilladas no dé para más en los medios de masas”, piensan, salvo que al crimen le sumen detalles especialmente truculentos, una lluvia de casquería (salpicón de sangre por aquí, trozo de carne por allá) con declaraciones de la vecina, que siempre aparece una vecina recién llegada de la peluquería, lista para dar su versión de los hechos a micrófono abierto, los zarcillos balanceantes en las orejas, gesto de circunstancias, pañuelito arrugado en la mano para limpiar unas lágrimas invisibles, el cuello quebrado hacia la izquierda, la quijada apoyada en las mollas de la papada y, “¡ay!...”, un suspiro: Seguir leyendo en PDF
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