21 feb. 2012

Hay lugares desafortunados
para encontrarse con una mujer.

Y que nadie me entienda mal, que al verbo "encontrar" no le doy segundas intenciones. Me refiero a esos topetazos que nos da la vida sin buscarlos, en el lugar y en el momento más inadecuado. Por ejemplo, en la piscina municipal a la que uno se inscribe con la sana intención de quitarse unos kilitos o de paliar un persistente dolor de espalda. Uno, que es muy señor y se mueve por lugares selectos, ni por asomo podría imaginarse que al salir del vestuario masculino con el preceptivo y ridículo gorrito enfundado (ese que marca la forma apepinada de algunos cráneos y deja las orejas a su libre albur), las espantosas chancletas en los pies –tap-tap– para evitar el mordisco de los hongos, el traje de baño 
ad hoc –con el que el monitor de brazadas le ha asegurado que ganará velocidad al tiempo que evita la resistencia del agua– y la toallita del bidé plegada sobre el hombro derecho…, digo que uno no podría suponer que en ese momento escucharía la llamada cantarina de una vieja amiga de juventud (subrayo lo de vieja, con el único propósito de hacer daño), que acude con envidiable figura a darte dos sonoros besos, “¿cómo tú por aquí?”, y uno, con la sorpresa, se olvida de meter tripa y de deslizar la toallita para ocultar las chancletas y las piernas, ridículamente blancas y espantosamente depiladas hasta mitad de la tibia a causa de los calcetines. 
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