29 feb. 2012

Hablé de él en mi primer artículo de ÉPOCA.


Dije que España estaba sempiternamente dividida: entre los de José y los de Juan, los del Madrid y los del Barça, los de la Semana Santa andaluza y los de la castellana, los de Raphael y los de Julio Iglesias… Incluso me atreví a transcribir las palabras de uno de mis hermanos, que piensa que el intérprete “es el prototipo de hombre con el que la cincuentona desencantada desea vivir una aventura”. Si consideramos que Julio Iglesias está a punto de entrar en los 70, el pretendido descalificativo parece incluso un piropo, a pesar del desencanto…

De hecho, ese es el papel, y no otro, que decidió jugar el sin par cantante. Según su propio relato, comenzó a ejercer de asalta alcobas minuto y medio después de superar aquel legendario accidente de automóvil que le dejó postrado, para cambiar –¡y de qué manera!– su previsible futuro como gris letrado por las luces de colorines de los escenarios de todo el mundo. 
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