15 feb. 2012


Cuando pienso que nuestro
destino lo decidió una mujer,
me entran escalofríos.

Además, una mujer de un tiempo remoto, oscuro, que es como les gusta tildar a la antigüedad a quienes apenas saben nada de las grandezas de la Historia. Y por si ese inquietante panorama no fuese suficiente, habitaba en una aldea de provincia, allí donde el mundo deja de interesar a quienes somos hormigas de la gran urbe, que nos creemos ombligo de todo lo existente porque disfrutamos de la comodidad y la técnica frente a los desarrapados de extramuros, que apenas ofrecen nada a nuestro apetito insaciable. 

Si por aquel entonces un campesino no contaba para los que dictaban el destino de la civitas desde la Roma degenerada de Augusto, qué decir de una muchacha de pueblo, sin estudios ni oficio conocido, que si llegó a manejar las reglas básicas de la lectura y la escritura tuvo que deberse al empeño de sus padres y a una predisposición natural para albergar la palabra en su corazón, esa misma Palabra para quien todo se creó, también María, la más dulce de las obras divinas. ¿No es emocionante vislumbrar que la Palabra respetara su libérrima aceptación humana para hacerse carne de su carne, que es nuestra misma carne?


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