30 mar. 2012

En un jardín frente a mi casa, han florecido los lirios sobre un bancal. Junto a las mimosas -que han diluido la intensidad de su nieve rubia-, los lirios son el primer reclamo de la primavera. La seda violeta de sus pétalos rompe los velones que forman las hojas largas y duras de un verde mortecino, vistiendo al parque de salpicones malva que traen el recuerdo de la Semana Santa, pues el viento cimbrea las flores como en Arcos de la Frontera mecen a un Nazareno ataviado con una túnica de terciopelo con las bocamangas bordadas en oro, un signo de piedad por parte de un pueblo que pide escaleras, año tras año, para adornar los pasos repujados en plata que sostienen la imagen del dolor, patética y enamorada.


Machado no quería la escalera para florear los pies tallados y dolientes de Jesús, sino para trepar a lo alto de la Cruz y liberarle. <<¡Satanás!>>, le habría espetado el mismísimo Cristo, como insultó a Pedro, como repite a todos los que se escandalizan del valor de un sacrificio completo, total. Y mira que parecía humanitaria la intención del poeta, un gesto de misericordia que no comparten hermanos ni cofrades, pues a su paciente Jesús nunca lo destraban del madero. Como mucho, en un gesto que les honra, le dibujan arabescos en hilo dorado para taparle las heridas del pecho, de las costillas, del espaldar, de los muslos y las piernas. Pero si el cordero manso pende de la Cruz, no se atrevan a disfrazar la entrega total, absoluta, del nuevo Adán, que agoniza por las calles y las plazas de España con la boca abierta y seca, como recitando versos de amor, o sellada en un gesto soberano cuando la lanzada le ha hecho brotar sangre y agua, y el espíritu de Jesús se abre camino hacia los infiernos para romper las cadenas que sellaban ese Cielo que anhelamos, en el que ni siquiera Su gozo infinito por habernos ganado la felicidad sin fin le borrará las huellas de los clavos, los labios de la lanzada.

Lloran los lirios con sus pétalos colgantes, entre golpes de tambor y quejas de metal. El público se apretuja, conteniendo la respiración mientras la piedad popular hace avanzar al Nazareno como si bogara sobre un mar de cabezas.
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