1 abr. 2012

Aparecen en las novelas
del Madrid de posguerra.


Eran niños de familias bien, que no tuvieron edad para acudir al frente y vivieron la contienda como una larguísima siesta, paseos en carricoche por las alamedas de Burgos y Salamanca. Frío, mucho frío seco en el invierno. Y calor, muchísimo calor en el ferragosto mesetario, tromba de chicharras mal afinadas y baños en los meandros del Arlanzón y del Tormes, al cobijo de los chopos, tratando de imaginar que aquellas aguas que olían a rana eran las mareas de yodo que se lamen los cimientos del Hotel du Palais de Biarritz.

Cuando regresaron al Madrid del hambre se apropiaron de las gestas de sus hermanos mayores, de las leyendas que acompañaban a muertos y desaparecidos y, aún en tiempos de matute y cartilla de racionamiento, aprendieron a acodarse en los bares de las calles Velázquez y Serrano, hasta convertirlos en sus cuarteles.
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