12 mar. 2012

Pocas escenas literarias
me emocionan tanto.

El protagonista, nada más conocer el anhelo abrasador de Jairo se pone en camino. Al llegar recibe la burla de los allegados de la familia, quienes consideran que la pretensión con la que aquel extraño acaba de irrumpir en el velatorio de la niña sólo ahonda el dolor de la familia. Pero el desaire de los plañideros no logra molestarle. Eso sí, les ordena salir de la vivienda, que le dejen a solas con los padres y con sus tres mejores amigos, a quienes desea convertir en notarios del prodigio. A pesar de que afuera sigue el alboroto –la indignación de los llorones– toma a la niña de la mano y le dice: “Talita kum”. Inmediatamente la pequeña, en efecto, despierta de un sueño que todos habían identificado con la muerte. En el estupor del milagro, sólo él se da cuenta de que está hambrienta y pide que le den de comer. Sabía que en las vísperas agónicas no pudo ingerir alimento.
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