27 abr. 2012

Así rezan los anuncios de una campaña en el suburbano de Valencia. “Dona felicidad”, y aparece una chica de buen ver, con aspecto de universitaria y una equilibrada situación económica y familiar, que sonríe al público mientras da a entender que ella ya lo ha hecho. La donación, digo, que consiste en regalar unos cuantos óvulos a una firma médica que basa su próspero negocio en la concepción artificial. “Dona felicidad” es el mensaje repetido junto a un muchachote sano, bien vestido, universitario, que no tiene aspecto de sufrir quebranto familiar ni económico. Lo que se pide bajo este modelo, claro, es esperma para fecundar los óvulos regalados. Ya ven, la vida en un toma y daca con la felicidad de por medio, que en nuestro devenir parece muy importante sentirse bien, realizado y otras tantas mandangas antes que considerar lo apropiado de nuestro comportamiento, esa donación “gratuita” (tengo entendido que pagan por cada extracción de óvulos, por cada pajuela de semen) que traerá a la vida a unos niños que nunca sabrán quienes son porque desconocerán de quién han venido.

 Dicen los estudios de población que en el Reino Unido, donde desde hace años es práctica habitual la compraventa de células sexuales, hay “donantes” con cuyo esperma se han podido concebir más de cien bebés. Si el donante descubriera de pronto que es portador de una enfermedad hereditaria, a ver quién es el guapo que sale en busca de los cien churumbeles. Y si se da la casualidad de que churumbel y churumbela se conocen y mantienen relaciones sexuales, a ver quién es el valiente que los detiene por practicar un incesto. Y ya puestos a imaginar, por qué no se va a enamorar una chica de dieciocho años de un hombre maduro (pongamos, de treinta y seis). Se irán a la cama desconociendo que uno es el padre biológico de la hija concebida en una probeta… Puestos a donar, prefiero la donación de sentido común. (Publicado en Alba 27 Abril 2012)
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