25 abr. 2012

Fue oficio de barberos.

De bárbaros, diría yo. La historia está dominada por el tejemaneje de sus aparejos para la tortura, es decir, del instrumental con el que sajaban encías, rompían muelas y extraían piezas podridas. Sólo con pensar lo que tuvo que suponer un dolor de muelas desde la prehistoria hasta mediados del siglo XX, me descompongo. Algunas novelas nos lo han descrito: ante la angustia provocada por un dolor dental, hay personajes que llegan a golpearse los carrillos con una piedra –¡ay!–, por no hablar de los rapabarbas que iban en carreta de villorrio en villorrio, la silla y las hiladas con las que rodeaban el diente enfermo antes de tirar –¡ay, ay!– con todas sus fuerzas, o el maletín con las tenacillas para todos los calibres de muela y los frascos de mágico elixir. 

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