11 may. 2012

Acabo de firmar en la Feria.

En la del Libro, puntualizo, 200 grados en el interior de la caseta, apenas 20 centímetros para posar el bolígrafo y apoyar los ejemplares que requieren dedicatoria, un incesante ir y venir de gente con atuendos ligeros y una sempiterna pregunta cargada de intelectualidad:"¿Regaláis aquí marcapáginas?". Es lo que tiene
dedicarse a este oficio de juntar letras, que de cuando en cuando hay que arrimarse a los lectores, por más que el feriante medio sólo esté interesado en un autógrafo de Mario Vaquerizo, al que se le ha ocurrido (¿seguro?) narrar su apasionante biografía, que se bate por los favores del público con las semblanzas de Napoleón, Churchill y Marifé de Triana.

Y no, yo no soy el marido de Alaska (D.g.) sino un humilde trazalíneas que elabora sus novelas y las promociona como y cuando puede, también en el Paseo de Coches y en esta época del año, mezcla de tormenta y canícula, en la que muchos visitantes lucen camiseta de tirantes, bolsa marsupial en la tripa, mochila portabebés, bermudas hasta la rodilla y sandalia romana, que es el modo de llevar los pies siempre ventilados. Aunque no quiero ser malo: entre tanto marciano también aparecen los auténticos lectores, esos que han vivido mil y una vidas gracias a las novelas que saben escoger y comprar.
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