18 may. 2012

Los adolescentes funcionan por impulsos, también con la literatura. O no leen o se beben con frenesí aquellas obras que el mercado coloca en primera línea. Es lo que está sucediendo con “Los Juegos del Hambre”, tres libros tres, cada uno con la anchura de un ladrillo. Así que no es la extensión la que decide los gustos de la juventud sino una extraña combinación de marketing, empatía, remedo y Hollywood. Por supuesto, la calidad literaria no es el juicio que más les preocupa. Estas novelas forman una historia que acoge, conscientemente, las debilidades de nuestra civilización, aunque no todos los lectores aprecien ese afán didáctico. En “Los Juegos del Hambre”, América del Norte –ya sabemos que el mundo, para un estadounidense, es aquel territorio sobre el que ondea la bandera de las barras y las estrellas- ha sobrevivido a una guerra civil en la que lo vencedores se deleitan con el fruto del trabajo de los vencidos. El país continental se ha dividido en doce sectores al servicio de El Capitolio, una suerte de gran urbe habitada por un público posmoderno, entregado a los caprichos sensoriales y cuyo mejor divertimento –además de travestirse y vivir esclavos de las modas- es un programa de televisión en el que veinticuatro adolescentes de los territorios perdedores, luchan a muerte por la supervivencia. De todos ellos, sólo uno puede salvarse. Y, claro, puntúa a favor de los participantes cualquier concesión al sentimentalismo, bien sea amatorio (les dejan bien claro que no basta un beso para conmocionar a la audiencia), bien sea barbarie. Sin exagerar, llevamos muchos años con nuestros propios “Juegos del Hambre”, consumidores como somos del espectáculo dantesco que ofrece la telerealidad, bien a través de personajes anónimos, bien con rostros populares de los que consumimos hasta las pasiones más bajas, como si todos ellos fuesen esclavos de nuestra lascivia.
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