29 jun. 2012

A veces curioseo las publicaciones de mis contactos en Facebook. Aunque la mayoría carecen de interés (son invitaciones para jugar a distintas aplicaciones que convierten la red social en celada para la pérdida de tiempo, conjuras contra el jamón de Teruel y en favor del Jabugo, felicitaciones de cumpleaños entre desconocidos…), otras regalan a la vista la mejor cara del usuario. Y no me refiero a los retratos –más o menos conseguidos- con los que ilustramos nuestro perfil, sino a pruebas fehacientes de que hay mucha gente extraordinaria.

De entre todas, los natalicios son mis favoritas. Facebook trae la fotografía de un bebé plácidamente dormido, alguno con la pulsera identificadota alrededor del talón, muestra de que la instantánea se ha sacado en el mismo paritorio. Y junto a la dulzura de la imagen, un texto breve nos lo presenta: nos da su nombre y los datos del parto (su peso y medida), para que llenemos su futuro de buenos sueños. Son niños y niñas que han llegado al mundo en un tiempo que parece no encontrar consuelo; en Occidente habíamos hecho de la bonanza nuestro estado natural, cerrando los ojos a la Historia, larguísima carrera de dificultades que demuestra, precisamente, que la lucha es el estado natural del hombre. Pero no escribo desde el pesimismo, convencido de que esta crisis carece de marcha atrás, sino desde la esperanza que traen esos bebés que circulan por las redes sociales, hijos de unos padres si miedo, que no hacen componendas acerca de las políticas macroeconómicas para planificar la fertilidad de su amor. Entienden que el futuro sólo puede erguirse sobre la vida, e ignoran la vacuidad de quienes nos gobiernan, de los que manejan los hilos de la opinión y el ocio, tan dados a la receta momentánea, al opio del egoísmo. Los poderosos le temen a la vida, a esas fotografías que circulan por internet –bellísima inocencia-, testigo elocuente de que la esperanza no muere, de que aún contamos con valientes.






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