30 jun. 2012


Me he convencido de que

Hemingway no se suicidó.


Como mucho, se evaporó en alcohol después de otra noche de borrachera. Una más, que se sumaba al millar o al millón de ocasiones en las que perdió el pulso para escribir, el habla y hasta el equilibrio. El viejo, pobrecito, presumía en sus libros y reportajes de la enfermedad etílica, como si no fuese un drama sino parte del vivir de los elegidos. Un vivir fingiendo, que ese fue el deambular de Papa Doc por los paraísos perdidos en los que fabricó su leyenda de escritor de culto, leyenda de personaje de cartón piedra también, y de cronista de tipismos. Pero borracho, siempre borracho don Ernesto, con su aspecto apresuradamente avejentado que le otorgaba un aura de bebedor místico, casi un hábito de sayal en el que se colgaba los galones de la curda –hasta se orinaba encima, pobre bebé de lamentable gravedad–, medallas de hojalata con las que presumía de haberse ventilado él solito las reservas de bourbon almacenadas en la barriga Este de los EE UU y buena parte del whisky macerado en la Europa conventual de fórmulas magistrales. Ese era el juego de don Ernesto, levantarse temprano y desayunar unos cuantos pocillos de alcohol destilado, escribir un rato, volver a beber, dormir la mona –digo, la siesta– y escribir otro momento hasta que se ponía a apurar hasta el culo de las botellas antes de caer despatarrado en el salón de cualquier hotel pretencioso.
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