22 jun. 2012

Ya lo saben, Javier Krahe se ha ido de rositas ocho años después de que Canal + proyectara su divertimento innecesario sobre la muerte y resurrección de Cristo. El rictus del avejentado bufón era un poema, metáfora perfecta sobre el estado de sus tripas. Y entre medias, muchas amenazas a los valientes que interpusieron la demanda (David contra Goliat), gesto cariacontecido en la tribu iconoclasta (aburre hasta nombrarlos; siempre son los mismos) y abrazos tras escuchar un veredicto confeccionado a la medida de la tibieza de estos tiempos, donde la muestra más excitante podría ser una imagen de Leo Basi sentado al retrete y otra de Carmen de Mairena (tal para cual) levantándose la falda. Ah, y de remate un chiste de curas del Gran Wyoming, sazonado con un torrente de risas enlatadas como los de las series del canal Disney.

Tengo en mis manos las memorias de Jean Bernard, un sacerdote que pasó por el Campo de Concentración de Dachau. Me ha conmovido el final del prólogo que escribió para la edición original: <<Debemos perdonar aún siendo conscientes del inmenso horror de lo sucedido, y no solo porque no se pueda construir nada –ni una Europa nueva ni un mundo nuevo- sobre los cimientos del odio sino, sobretodo, por amor a Dios, que nos manda perdonar y nos urge a ello, y ante quienes víctimas y verdugos somos pobres pecadores necesitados de misericordia>>.

No comparo la basura documental de Krahe con Dachau, faltaría más, ni el infierno que padece el juez Calamina con las barbaries nazis. Me fijo en el perdón, en ese rasero sobre el que el sacerdote martirizado coloca a víctimas y verdugos, como si advirtiera que todos precisamos ser rescatados por Dios. Y sin quererlo, dibujo una sonrisa y hasta me brota el deseo de encontrarme con esa pandilla de provocadores de pandereta e invitarles a unas cervezas y comentarles que, tal vez, en el Purgatorio tendremos un montón de tiempo para hacernos amigos.
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