1 jun. 2012

Se ha discutido acerca del sentido que cobró la final de la Copa del Rey, en la que un Barcelona imbatible aplastó a un débil Athletic de Bilbao. Muchos quisieron ver en el partido a dos aficiones nacionalistas enfrentadas por un Rey al que dicen no guardar vasallaje, como si este deporte estuviera por encima de la realidad, así que me voy a ahorrar los análisis del fútbol como manera lúdica de ejercer la pataleta más caciquil, pues prefiero examinarlo como adormidera colectiva, ya que tuve ocasión de viajar a Bilbao en fechas anteriores al encuentro y descubrí una ciudad narcotizada ante la realidad (que no es otra que la limitación de sus jugadores y la sombra negra de la crisis económica), disfrazada con banderas rojiblancas que cubrían fachadas de edificios y comercios, combinación de colores que escogían las madres para atar con lazos las coletas de sus hijas. También los periódicos lanzaron una lluvia de suplementos acerca de las hazañas del conjunto local. No se hablaba de otra cosa en bares y restaurantes, ha sido la conversación inacabada en las paradas del autobús y en la cola del mercado, una ensoñación hiperbolizada día a día, como si en vez de un equipo de muchachos que corren detrás de un balón, fuesen un ejército que parte con el mandato de someter y anexionar tierras enemigas.
Así son los héroes de nuestra quinta, chavalotes se piernas musculosas que recorren un campo de hierba hacia delante y hacia atrás. Además, los jugadores nos regalan los recovecos de su vida privada, pues más allá del campo y las competiciones, niños y mayores adulan -con síntomas de mitomanía- aspectos ajenos al deporte: que si tienen un cochazo, que si se han “liado” con una nueva titi, que si su fichaje y su traspaso, que si su presidente ha dicho “a” o “b”, que si el entrenador tartamudea, que si un corte de peinado, un tinte o un tatuaje… “El fúrgol es el fúrgol”, suelen razonar como nuevos Ortegas. Ahí es nada. 





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