7 jul. 2012

Ahí estaba,


esperándome.


Sentí que por él no había pasado el tiempo, y eso que llevábamos muchos lustros sin vernos –la última vez que pasó por Madrid se hospedó en la sede de la Fundación Juan March, donde recibí un flechazo por sus lienzos, que me derrumbaron del caballo; por la rotundidad de la línea de sus aguafuertes; por la expresividad del tinte de sus acuarelas…–. De hecho, recorrí aquella exposición una y otra vez, deteniéndome ante su autorretrato para darle las gracias por haber vivido forjando belleza, una belleza singular: la de los personajes solos; la de las ciudades vacías, fantasmales cuando empiezan a prenderse los neones; la de los teatros y cines sin espectadores; las de los trenes sin destino…
Su autorretrato también abre la muestra del Museo Thyssen-Bornemisza. "Buenos días, Eduardo". Él se mostró lacónico, como siempre, que fue hombre tímido, poco dado a la elocuencia, a pesar de representar el alma de América. De una de las Américas, justo aquella que no se vende en las guías de viaje ni sirve como escenario para las series de televisión. "Qué alegría este reencuentro", le sonreí.
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