21 jul. 2012


Hasta hacen concursos.
En mi pueblo. Y de belleza. Para vacas de raza frisona, ni más ni menos, la de los quesitos, esa que ríe, la del dibujito de la botella de la leche como garantía de calidad, la moteada que aparece en todos los cuentos infantiles. Premian a la más reluciente, a la de ubérrimas tetas que prometen una cascada de colesterol, y la coronan al final del día con una escarapela de tres o cuatro colores, y el pastor a su lado, susurrándole piropos e improperios a la peluda oreja, dale que te dale con el cepillo, que mira que son sucios estos animales, sobre todo en los cuartos traseros; la culpa, ese rabo que sacude las moscas –tolón-tolón– como en la canción populachera que entonan las peñas borrachas por toda nuestra geografía, la piel de toro, o de vaca frisona –que no tienen apenas cuernos–, o de retinta o avileña, tudanca o charolesa, qué más da, que la cuestión está en la vieja Iberia y su contorno de piel bovina. 
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