14 jul. 2012


A todos nos gustan las historias de amor.


A mí también, claro, y al viejo que relata Luis Sepúlveda, que las buscaba en novelitas de papel so- bado, con las letras a medio comer por la humedad de la selva, las tapas deshilachadas, las esquinas abiertas, despanzurradas, pero capaces de dar latido a una trama que captaba todos sus sentidos, lo hipnotizaba y hasta lo idiotizaba, como si la tinta que mordisqueaban las hormigas que le trepaban por las piernas, anciano distraído, exhalara una pócima licuada con frases que se evaporaban en savia dulce y hasta se derramaban al suelo arcilloso de aquella Amazonia que respira a través de sus vegetales.
A quién no van a gustarle las historias de amor, si una historia de amor fue el camino por el que llegamos a la vida. Si nos empeñáramos, del quererse de nuestros padres también podría escribirse un libro, un novelón victoriano, un folletín de Dumas. Incluso podríamos juntar líneas con su malquererse, si es que el egoísmo o el dolor quebraron esa relación como a un delicado cristal. 
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