28 jul. 2012


El verano es para ellos.
Para mis hijos y para los demás niños del mundo: un tiempo casi sin reglas, sin horarios ni obligacio- nes más allá del cuaderno de tareas –¡qué aburrimiento!– para no perder el ritmo del curso, un cuaderno que sestea con el rascar de las chicharras: sin las dos hojas completas no hay chapuzón, bien lo sabes.
Durante este verano me vienen a la memoria, una y otra vez, tres niños: Almudena, Camilete y Alfonso. Nunca les conocí. O, mejor dicho, les empecé a conocer tras la tragedia en aquel centro comercial en Qatar, cuando empezaron a dis- frutar del verano eterno del Cielo, y lo digo con fe, sin remilgos ni componendas. Ellos ahora son dueños de un lugar en el que no hay obligaciones ni anarquías sino sólo divertimento.
Y es que apenas nos asomamos a la vida apa- rece alguien dispuesto a recordarnos que esta es una larga carrera de superación (niño, por la derecha; niño, no pises el bordillo; niño, a leer; niño, acábate ese gazpacho asqueroso, niño...), vaya tela, pobrecitos, sin apenas asueto: despertador, desayuno, autobús, colegio, autobús, merienda, actividad extraescolar, estudio, baño y corre a dormir para madrugar al día siguiente.  Seguir leyendo en pdf

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