8 sept. 2012


Qué exotismo el de aquella historia de amor.

      Exotismo por la sorprendente mezcla de sangres: la de un extremeño y la de una princesa azteca, algo inimaginable antes de que Colón cumpliera su capricho de llegar a las Indias desde el otro lado del mundo. La gesta de las tres carabelas abrió las puertas al colorido de muchos amores, como el del tal Alonso de Manrique, natural de un pueblo cacereño, y una mujer llamada Xunchitl, hija del emperador Moctezuma y poseedora de la Piedra Verde, legendaria gema de los aztecas que da nombre a una de las mejores novelas del siglo XX.Exotismo también porque ese amor no formaba parte de las aspiraciones del extremeño. Alonso se había hecho a la mar por necesidad, obligado a escapar del corazón corrompido de sus vecinos, que le acusaban de ser judío bajo una falsa apariencia de cristiano viejo, situación que por aquel entonces podía convertirse en gravísimo delito. Xunchitl, por su parte, hacía tiempo que recibía oráculos mientras dormía: unos hombres cuasi divinos conquistarían la ciudad de los lagos, Tenochtitlán. El duerme- vela le hizo saber que aquellos soldados arrancados de la exótica Extremadura y de la no me- nos extraña Andalucía acabarían con toda una era primitiva y salvaje, rica en sacrificios humanos, para alzar una luz nueva, superior a la de Quetzalcoatl, dios entre los dioses de tan vengativo panteón.  Seguir leyendo en pdf

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