26 abr. 2013


Una muchacha vikinga, universitaria según rezaba su cartela de identificación, tan bonita que dejé de escuchar el debate.
Y me marché, lo siento, sin conocer su reacción ante mis palabras: “Estoy feliz por haber encontrado a la sirena de este viejo puerto”.



Una vez viajé a Copenhague, una ciudad bella y triste, varada por esa decadencia que ofrecen los viejos puertos de mar. Me había traído desde España la ilusión de que aquel sería el mundo de la Familia Mumin y otros personajes estrafalarios y divertidos de las novelas que leía de niño, casi todas firmadas por autores nórdicos. Es decir, que por sus calles fulgentes de lluvia me toparía con el bandido Saltodemata, con la aprendiz de bruja y su cuervo Ajetreo, con Zapatos de Fuego y Sandalias de Viento, con otros muchos personajes de los que por entonces editaba Noguer.


Entonces (como ahora), caí en la cuenta de que en algunos asuntos me niego a crecer, tonto de mí. En Copenhague no viven los Mumin; tampoco hay un bandolero encumbrado en los tejados de plomo verde  ni las brujas de la EGB hacen conjuros con Colacao. Copenhague es una ciudad triste –ya lo he dicho-, que en los escasos días de sol abre sus ventanas para airear ese perenne humor a arenque y carbonilla. La primavera permitía que se esponjaran los árboles y que la sombra de Karen Blixen -que se dejó por sus librerías jirones de famosa ancianidad- trajera el lejanísimo eco de una plantación de café en Nairobi.
En Copenhague se me despertó una voluptuosidad patria –esa que vinculamos a los veraneos patrocinados por Fraga- ante las áureas cabelleras de las vikingas. Me refiero a las vikingas jóvenes, claro, que allí atienden las recepciones de hotel, conducen taxis, venden flores en los mercadillos, pasean en bicicleta y sirven platos de comida basura. ¡Qué belleza!... Qué magnífica mixtura la de sus ojos verdiazules, transparentes, con las mejillas redondas y sanguíneas; sus sonrisas generosas y refulgentes de dientes ordenados por la mano experta de magníficos odontólogos; la justa proporción del cuerpo perfectamente adaptado a la tiránica estética contemporánea.

Una mañana acudí a una reunión, pues mi viaje tenía relación con una Cumbre mundial de Naciones Unidas, que es un sarao a gran escala con gente muy sabia que viaja y viaja a cuenta del erario de los Estados. Son expertos convencidos de tener la fórmula mágica que garantiza la paz, la estabilidad, los alimentos para todos y un largo etcétera de motivos bien sonantes. Por supuesto, en esas Cumbres nunca ofrecen la palabra a quien sufre violencia, crisis, hambre o sed. Los pobres no viajan. Y si lo hacen, van de tapadillo.
En mi reunión no había dignatarios. Se trataba de algo más humilde: un encuentro de instituciones privadas que se dedicaban a la cooperación internacional. Primero intervino un danés que se despachó a gusto; más tarde le llegó el turno a un congoleño que manejaba a la perfección el lenguaje corporal; después habló una francesa que me recordó a un ave sin carnes (con tantas nacionalidades, parecía el comienzo de un chiste malo).

Cuando el cuarto interviniente agarró el micrófono, la cabeza se me fue a la novela que por entonces tenía entre manos. Sin solución de continuidad, pasé a garabatear dibujos en el cuaderno –de papel reciclado, todo hay que decirlo- que nos habían entregado para nuestras conclusiones. Y mi conclusión fue una muchacha vikinga, universitaria según rezaba su cartela de identificación, tan bonita que dejé de escuchar el debate, las palabras del moderador, las preguntas del público…, para tratar de condensar su belleza en aquel cuaderno gris.

Fue un dibujo rápido, apenas un apunte, porque donde más me esmeré fue en la dedicatoria, la primera que he firmado en inglés, idioma universal para los que no somos políglotas. Me hubiese gustado decirle que frente a ella me sentía como Alfredo Landa en sus películas de finales de los sesenta, pero ella no podía saber quién es nuestro genial actor. Además, si la curiosidad le hubiese impulsado a entender tan estúpido autógrafo, se habría sentido justificadamente molesta.

Como yo no era un ligón de playa (nunca lo he sido), sino un muchacho tímido que, sin pretenderlo, acababa de bosquejar a una preciosa vikinga, aproveché el descanso -en el que ella se fue a rellenar su botella de agua- para introducir aquel apunte enamorado entre sus papeles. Y me marché, lo siento, sin conocer su reacción ante mis palabras:“Estoy feliz por haber encontrado a la sirena de este viejo puerto”.




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