16 may. 2013

Tal impronta deja la Primera Comunión, que no hay repaso de la vida del españolito medio cuyo capítulo infantil no se abra con un recordatorio, esas tarjetas que las abuelas, los padrinos y las madrinas conservaban entre los libros.

Cómo me gustan las mañanas de mayo. Las mañanas del fin de semana, por concretar, pues parecen darle la vuelta a la Historia, ya que olvidan la presión a la que nos somete tanta tecnología, la prisa por conocer la fuerza de un tifón que ha arrancado la piel de una de las costas de los Estados Unidos, los muertos que deja una riada en Bangladesh, los ceros del político que se lo ha llevado crudito, los resultados del eterno partido de fútbol (once contra once que batallan por el título de Liga, por la Copa del Rey, la Champions, las eliminatorias del Mundial, los amistosos…) al que me han condenado por mi falta de interés hacia el deporte competitivo.

Por eso me gustan las mañanas de mayo, las del fin de semana, incluso cuando el cielo se pinta de negro y rompe a llover como si nunca hubiese llovido, el suelo sembrado de pétalos arrancados a baquetazo de goterón, los pájaros sobre los aleros sacudiéndose el agua y abajo, por la acera, una familia como las de antes (la Historia se pone a caminar hacia atrás, como un cangrejo), emperifollada alrededor del niño, de la niña que van a tomar la Primera Comunión.
Antes de las cámaras digitales. Antes incluso de las de usar y tirar. Pero antes, mucho antes de los revelados en una hora, del brillo o el mate, de la Réflex y el teleobjetivo, las fotografías se tiraban en blanco y negro, se imprimían sobre cartulina de bordes irregulares y se guardaban en una caja de latón. Una vieja caja de galletas escondía las instantáneas de toda una vida.
Y entre ellas destacaban los retratos de la Primera Comunión: el corte marinero, los zapatitos de charol, la chaqueta azul, la cruz y el cordoncillo dorado para los niños; el vestido abultado, como de novia, con su velo transparente y las manos enguantadas para las niñas. Y para los pequeños de aquellas familias que acababan de sufrir la visita de la muerte, el vergonzante negro, qué triste, que se pegaba al corazón para siempre, pues los niños no saben cargar con nuestros duelos.
Mi hija mayor acaba de recibirla. Ha sido un fin de semana de fiesta, un sábado en el que también le hemos ganado el pulso a la Historia, a pesar de la profusión de imágenes que hemos grabado con esos teléfonos móviles a los que sólo les queda hacer volatines, con esas cámaras digitales que inmortalizan hasta el pestañeo de las moscas. Hemos disfrutado en familia de páginas que creíamos abarquilladas: la catequesis, el repaso de los Mandamientos de la Ley de Dios y de la Santa Madre Iglesia, las oraciones populares, la confesión… Y, como colofón, el día de autos, centrado en ese trozo de pan que ya no es pan, en ese sorbito de vino que ya no es vino, un misterio que exige la fe de los niños, de los niños de antes, de los niños de siempre.
Las primeras comuniones tienen poder para unir a los que vivimos lejos. Abuelos, tíos y primos llegados desde todos los rincones se juntan alrededor del pequeño, que apenas acaba la misa se olvida del misterio y corretea de acá para allá, el borde del vestidito sucio por el polvo del parque, la pechera de contramaestre con un reguerón de Coca-cola, las rodilleras del pantalón frotadas en el césped.
Un volcán de mil papeles de regalo brota entre cabecitas curiosas y miradas de envidia, y la sonrisa se abre ante los juguetes y la serena decepción cae ante los presentes píos (una Biblia ilustrada, el rosario, un crucifijo con la fecha…), como ha sucedido siempre, también en las comuniones pobres de ayer (en vez de juguetes, peladillas; en vez de Biblias ilustradas, un misal de segunda mano).
Tal impronta deja la Primera Comunión, que no hay repaso de la vida del españolito medio cuyo capítulo infantil no se abra con un recordatorio, esas tarjetas que las abuelas, los padrinos y las madrinas conservaban entre los libros, como señuelo ante Dios("ay, mira cómo comulgó de feliz y ya no se acuerda de pisar la iglesia. No me lo dejes solo"). Nos lo explicaba una taxista (mujer) a mi hija ya mí cuando regresábamos del tren a nuestra casa. Había escuchado la conversación que manteníamos. "Yo tampoco me olvido de aquel día. ¡Me sentí tan feliz…! Comulgué con mi prima, que por entonces era como mi hermana. Después lo celebramos en un merendero de la Casa de Campo", suspiró mientras mi hija la observaba sin pestañear a través del espejo retrovisor.
"Nunca te olvidarás del día de tu Comunión", insistía sin hacer caso a nuestro vivir sin enterarnos, con sus prisas por conocer la fuerza de un tifón que ha arrancado la piel de una de las costas de los Estados Unidos, los muertos que deja una riada en Bangladesh, los ceros del político que se lo ha llevado crudito, los resultados del eterno partido de fútbol…, porque las mañanas de mayo, las del fin de semana, digo, parecen darle la vuelta a la Historia.   

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