1 jun. 2013



Cada quien tiene sus pesadillas recurrentes. Unos, que salen a la calle sin zapatos. Otros, descubren que se han quedado sin dientes. Los más huyen a la carrera de un asesino (cuyo rostro les recuerda, sospechosamente, al presidente de su comunidad de vecinos) sin que los pies se les muevan del suelo. O se encuentran de sopetón con ese pariente fallecido al que tanto criticaban (je, je…, si lo decía con cariño, se excusan delante del muerto).
Leer en Teinteresa.es

La mía tiene que ver con los estudios. Ya sé que no soy original, pero de pronto me encuentro –a mis años- en un aula del colegio o de la universidad, con un folio en blanco para contestar las preguntas de un examen de las que no tengo la menor idea. Y me suspenden. Y debo repetir curso. Y los méritos acumulados durante años se desvanecen. Y traigo a casa un carretillo de calabazas. Y mis hijos me miran con desdén. Y mi mujer me sugiere que me eche a dormir sobre el felpudo de la puerta.
Soñar, como es gratuito, depara estas sorpresas, que pese a su repetición cada vez parecen nuevas, pues en sueños no vale decir “ah, si éste ya me lo sé. Luego me despierto y la desazón se evapora por el dormitorio”. No, parece que la pesadilla nos muerde por primera vez. Que, en efecto, no tenemos ni idea del examen, que nos suspenden y debemos repetir curso, eterna pescadilla que se muerde la cola en las noches que nos fuimos a la cama con el estómago lleno o aquellas cercanas al cumplimiento de la Declaración de la Renta.
Los años de colegio son imborrables. Lo digo ahora que celebro junto a mis compañeros el XXV aniversario de la bajada del telón, del último paseíllo hacia el aula con la mochila cargada de libros. Pero quienes tenemos hijos saboreamos de nuevo ese tiempo mágico en el que los disgustos –llamémosles suspensos- enseguida se trocaban en diversión –llamémosles juegos en el patio de recreo-. Además, como la relación paterno-filial ha cambiado por numerosas razones (pisos más pequeños, convivencia más apegada, mayor conciencia acerca de la necesaria estabilidad emocional de los niños…), no somos pocos los que tenemos que sentarnos junto a la mesa de estudio para volver a pasar por un mundo repleto de dictados, máximos como un múltiplo, anatomía básica, problemas en el reparto de una bolsa de caramelos, palabras homófonas, geografía patria y gramática de la lengua inglesa.
Cuando nuestros pequeños salen de casa en dirección al colegio, les despedimos como si en el interior de sus carteras, además del bocadillo, llevasen la pesada misión del mismísimo Frodo Bolsón, porque hemos hecho nuestras sus pruebas cortas, los exámenes de repaso, los de evaluación y -¡ay!- esos finales que ya se vislumbran en el altozano de junio. Y les comprendemos cuando vienen con un cuatro raspado –a pesar del gesto circunspecto al que obliga una paternidad cabal-, y les festejamos cuando superan el cinco, y bailamos con ellos la danza de la luna cuando nos sorprenden con un notable o un sobresaliente.
El final del curso está a la vuelta de la esquina. Sentiremos entonces que han llegado las vacaciones, a pesar de que la oficina nos obligue a seguir pegados a la silla durante el tórrido julio. El motivo no es otro que haber experimentado de nuevo los ocho años, los once, los trece…, con sus miedos al suspenso, con sus nervios en cuanto escuchamos la voz exigente del profesor: <<Atención, señores: ¡guarden sus libros y saquen una hoja en blanco, un lápiz y la goma de borrar!>>. Empieza la pesadilla…
Categories:
Subscribe to RSS Feed