8 jun. 2013




Nada me sorprendió tanto durante unos viajes que realicé a Florida como la amabilidad de la gente que vive y pasa por esa tierra de vacaciones. Los americanos saludan con afectuosa amabilidad, sonríen, te preguntan cómo estás y dónde vas a pasar el día, aplauden, brindan, celebran, corean, cantan y lanzan gritos de entusiasmo. No todos los estados de ese país inmenso son iguales. Nueva York y Washington se me presentaron fríos, grises y ajenos. No así la costa Oeste, rica también en buena educación, que es el empeño por hacer la vida más fácil a los demás.

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Me aburría la pretensión de mi madre para que comiéramos correctamente, su empeño en que nunca dejáramos de visitar a las tías abuelas, la facilidad con la que entablaba conversación con cualquier persona al socaire de un indisimulable interés por el cómo se llama, cómo le va, cómo se encuentra…, lo que le granjeo una agenda de amistades que podría haber aspirado a un puesto en el Guinness World Records. Aunque me aburría, lo reconozco, con los años crece mi agradecimiento: por poder sentarme a comer con persona de cualquier linaje, por haber aprendido de la sabiduría de aquellas tías abuelas que hace años pasaron a mejor vida, porque creo atesorar una buena agenda de amigos, aunque no sea tan abultada.


La buena educación, repito, es el empeño por hacer la vida más fácil a los demás, lo que redunda en nuestro propio beneficio. Mi amigo Beltrán logró hacerse con el nuevo vecindario a base de saludos repetidos en el ascensor. Si daba los buenos días y no recibía respuesta por parte de aquellos residentes quisquillosos, comenzaba una batería de “buenos días” que no se apagaba hasta que la caja se detenía. De este modo, se convirtió en el más querido de la colmena, en el único capaz de romper el maleficio del individualismo de una casa de pisos. 

Todo esto viene a cuenta del ministro Wert. Mejor, de los universitarios matriculadehonor que le arrancaron los diplomas de las manos y se negaron a saludarle. De los muchachotes y muchachotas que subieron al estrado con una camiseta verde en vez de con la preceptiva corbata o el consabido traje dos piezas, de aquellos que aprovecharon la ocasión para vocear consignas politiqueras ante la obligada mudez de la cabeza visible de la Educación y la Cultura patria. 

Aquellos licenciados me recordaron a esas familias que se dejan de hablar a cuenta del reparto de los objetos de una herencia, a quienes ni perdonan ni olvidan, a los que tachan los nombres y los rostros de los demás con una equis negra. Y no es una cuestión ideológica (qué buena excusa para hacer el patán sin necesidad de justificarse) sino de educación, de buena educación. No entro en asuntos de recortes, de presupuestos noqueados, de falta de financiación para la cosa pública sino de saber estar. De nada sirve un currículum intachable, una ristra de sobresalientes, la eclosión de un jardín de matrículas si el menda desconoce cómo hay que comportarse ante una autoridad que representa al Gobierno de todos los españoles. Un universitario que se crece con este tipo de desplantes, a la fuerza tiene que comer con la boca abierta, meterse el dedo en la nariz, colarse en el mercado, mascar chicle durante una conversación, pelar pipas en lugar público, morrearse junto a los columpios de los parques, levantar la voz como una verdulera, no hacerse la cama ni limpiarse los zapatos y sentarse en el lugar que no le corresponde. 

En este mundo quedan pocos caballeros. Lo fue el ministro Wert ante aquel rebaño de universitarios de historial brillante y lamentable educación. Podría haberse marchado. Podría haber devuelto el desaire. Podría haber retenido los diplomas… Pero se quedó firme, aunque le vacilara el gesto. Tendría que haberles dicho, quizás, que en la Universidad española sobran estudiantes y faltan intelectuales, personas que apliquen su inteligencia en servicio a los demás, también a aquellos que por falta de presupuesto no podrán beneficiarse del dinero público para subvencionar la matrícula o poder investigar.


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