14 jun. 2013



Los que nacimos antes de 1989 rompimos el primer llanto en un mundo dividido por las ideologías. Ideologías que, además, no se habían cansado de soltar bofetones a diestra y siniestra. Zurraban los que se abrazaban al comunismo; zurraban los que se declaraban fascistas; zurraban también los pacifistas (¡hay que ver qué certeros eran sus lanzamientos de piedras y rodamientos al ejército y a la policía!); zurraban los de extrema derecha y los de extrema izquierda; zurraban aquellos que se vestían de liberales. Y los anarquistas y los nacionalistas se calentaban la mano de tantos bofetones como arreaban. Es el problema de los “ismos”, la radicalidad llevada a la política, que obliga a una división cainita entre “los nuestros” y todos los demás.



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Estos “ismos” del pensamiento gregario, de la actuación dirigida, fueron el pan nuestro del siglo XX, una centuria cargada de inocentes a quienes rindieron su libertad con una paliza, un tiro en la nuca, una desaparición forzosa y un vaya usted a saber, porque la ideología, la maldita ideología, se colocó por encima de los hombres, granjeándose un papel de religión civil en la que los preceptos se trocaron en consignas partidarias. 

¿Qué español no ha sufrido en sus propias carnes el veneno de las ideologías? Hijos deslumbrados por la democracia que renegaban de sus padres franquistas. Padres franquistas que renegaban de sus hijos “rojos”. Abuelos que habían matado y muerto en la Guerra Civil, pasaron de héroes a asesinos. La decepción acaba siendo la salida natural de las ideologías, tan limitadas porque no logran adaptarse a los signos de los tiempos: el afán por ser libre y feliz. 

El feminismo también es ideología. Y de las duras. La mujer se levanta en armas contra el hombre, confundida por tantos siglos en los que –no todas, que las enciclopedias revientan de señoras indispensables- estuvieron amparadas por padres, maridos y autoridades civiles. Y con un regusto a un Sartre psicótico y a una Simone de Beauvoir dañina y casquivana, lanzan sus consignas vengativas, su empeño en una igualdad imposible (hombres y mujeres somos complementarios, necesitados los unos de las otras), la estrambótica propuesta de reinterpretar la naturaleza para repudiar la facultad de procrear o cambiar el sexo por el género, como si la condición humana se pudiese comprar en un lineal del supermercado. 

Las ideologías occidentales se desmoronaron con la caída del Muro, a pesar de que todavía suelten rabiosos coletazos en alguna organización internacional (la ONU, la propia Unión Europea en algunos de sus dictámenes). También hay políticos patrios que se engolfan en la ideología cuando no encuentran argumentos con los que sostener su pensamiento blando. No quiero proponer ahora un debate sobre “aborto sí, aborto no”, sino airear las palabras con las que nuestras representantes se arrogan la defensa de la mujer frente al propósito del gobierno a la hora de proponer una legislación más rigurosa en este espinoso asunto, que busca también la protección del nasciturus. Elena Valenciano (diputada del PSOE) y Laia Ortiz (de Izquierda Plural) se despacharon en el Congreso con una baraja de tópicos feministas, desde que un ministro (varón) no puede proponer una ley que alude a las mujeres (y a los varones, pues cada embarazo es responsabilidad de dos y tiene un 50% de posibilidades de que la criatura sea niño o niña), al granizo de cansinos improperios (“fundamentalista”, “machista ancestral”, “tutelador de mujeres liberadas”…) 

Los que nacimos antes de 1989 conocimos un mundo trágico a causa de pretendidos genios del pensamiento, genios que planificaron una sociedad regida por palabras hueras que se colocaron por encima de cualquier mujer, de cualquier hombre, de cualquier niño. Y así nos fue.
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