13 jul. 2013


Como siempre, en Pamplona hay suecos con la piel levantada por haberse quedado -en el parque de la Ciudadela- durmiendo la mona al sol; norteamericanos tachonados de ampollas en los hombros y el cuello por vestir bajo el fuego camisetas propias de un partido de basket; rusos de los de ahora –que pueden salir y entrar de su país con los bolsillos repletos de euros para ponerse el mundo por montera-, que caen redondos en el tendido víctimas de una lipotimia mesetaria. Y algún cura despistao, como en la canción de Mecano, que de camino a la Catedral se topa con las hordas bebidas, que le duchan con sangría y calimocho. 


Pamplona arde en fiestas, mutando el carácter reservado de los pamploneses –aunque sean muchos los que huyan de la bacanal callejera, que toma Iruña como si de una invasión vikinga se tratase, que si no la queman es porque en estos tiempos está mal visto fumar en lugares públicos-. Los locales, que de natural son retraídos, acostumbrados a vivir intramuros a causa de la lluvia y los vendavales, se ponen el pantalón y la blusa blanca, el fajín y la boina encarnada, la alpargata y la bota de vino al hombro, para recorrer el casco viejo entonando cánticos populares que nos hablan de un santo que vela por los valientes que se enfrentan, cada amanecer, al toro encolerizado por la mosca veraniega, que en la jerga del pueblo recibe otro adjetivo que aquí sonaría muy feo.
Pamplona arde en fiestas, pero no con motivo del bóvido de fuego ni de los gigantes y  cabezudos,  que pueden inflamar de terror a un niño con los dientes de leche. Arde en el Riau-riau tantos años condenado a causa de los aguafiestas todopoderosos que se enseñorean en unas instituciones democráticas que no tienen la menor idea de administrar, en los vómitos que abrasan las arcadas de la Plaza del Castillo, en los desarrapados de todos los movimientos de indignados (a quienes la policía local debe espolvorear insecticida), en un chino de los que tanto abundan, dispuesto a abrir un todo a cien en la curva de Estafeta, por si algún corredor necesita, no sé, un sacapuntas, una tumbona o un juego de cepillos de dientes. 
Pamplona arde en fiestas de fuegos artificiales, del busto de Hemingway -a Papá Doc la ciudad le debe su fama universal de urbe verbenera- al que le han pintado una llama en cada extremo del bigote, de unas alubias pintas en las recordadas Pocholas como para que se quemen los océanos con todas sus ballenas. Y así, tantos lugares comunes, como caramelos de La Cafetera van y vienen camino a Soria, Logroño, Zaragoza y San Sebastián. 
Pamplona arde en la bullanga de medio pelo, por más que en algunos lugares recónditos de la ciudad se vivan los auténticos sanfermines de comida abundante y sobremesa larga. Arde en la marejada de turistas que sobreviven con un bocadillo de mortadela y hacen de las callejas un inmenso mingitorio. Pamplona abrasa los pies de quienes van y vienen haciendo eses por el adoquinado, y chamusca la paciencia de los encargados de mantener los jardines del campus universitario -el privado- donde se vive de espaldas a la jarana. 
Mis mayores conocieron otra fiesta, de la que el toro era su corazón. Por la mañana el encierro, una prueba de destreza para aquellos –y sólo para aquellos- que sabían correr con un periódico enrollado en la mano y driblar la muerte desbocada, cada cual en una parte del recorrido. Había extranjeros, sí. Había borrachos, también. Pero el camino trazado con talanqueras no era entonces una sopa de tropezones.
El toro era corazón de la tarde. Las peñas cantaban, sí. Y merendaban, también. Y bebían, claro, porque el buen vino (incluso el vino peleón) es señuelo para la gloria de comienzos de julio. Eso sí, respetaban la lidia que acontecía en el ruedo. No había mozos que le dieran la espalda a la faena ni energúmenos que lanzasen al ruedo latas, botellas y cortezas de sandía. Porque si el toro era el corazón de San Fermín, el torero era el héroe con nombre y apellidos, con apodo saleroso, en el que los mozos daban cuerpo a los héroes anónimos del encierro.


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