4 jul. 2013

Cuando en una tienda me atienden de malos modos, me entra la tentación de aprovechar un descuido 
del tendero para deslizar, con mucho arte, algún objeto pequeño y de poco valor en mi bolsillo. No tengo la destreza de David Coperfield, el que se decía mago y hacía desaparecer la estatua de la Libertad, aunque mis manos atesoran méritos: son alegres de movimiento, manos de pianista, me han piropeado, aunque no sepa pulsar las teclas blancas y negras; manos de dedos ágiles, de pintor, que se han instruido con tintas y acuarelas; manos de tramposo en los estudios, lo reconozco, pues gané más de un aprobado con chuletas dignas de ingeniero japonés. Pero me he hecho mayor, digo, he madurado, y tengo que contener los deseos torcidos ante el comerciante que, o no da los buenos días o resopla cuando le ruegas que te enseñe el muestrario.
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Doblegar la naturaleza torcida en este país en el que el trinque es pan nuestro de cada día, tiene mucho mérito. Por más que les pese a nuestros políticos (el otro día me topé con uno de ellos por la calle, no sé si ladrón u honrado -lleva toda su vida profesional calentando sillón de representación pública, de cargo en cargo, de prebenda en prebenda-, habla que te habla por un teléfono móvil a cargo de nuestros impuestos, con un guardaespaldas pisándole la sombra y al que pagamos entre todos) no soy el único que se reprime: son legión aquellos a los que daríamos, de buena gana, permiso para sustraer porque pasan hambre, y que no se aprovechan del barrullo de los supermercados ni para esconderse una lata de fabada en el interior de la camisa sino que acuden, mordiéndose la vergüenza, a los comedores de caridad que salpican esta apolillada piel de toro. 

Pretendía dedicar este artículo a otro asunto, pero enseguida me han saltado los enanos del robo. Será porque están aflorando como la cizaña en los campos de trigo que ahora comienzan a agostarse. Será porque son más numerosos y molestos que las moscas del verano. Será porque los intestinos se nos retuercen al saber que se han aprovechado de nuestros votos –de nuestra confianza- para llenarse el bolsillo de esos billetes que no les pertenecen, para forrarse un ropero entero con esos euros que usted y yo hemos ganado a brazo partido en beneficio de la comunidad, especialmente de los más débiles.

Pero no quería hablar de ese hatajo de sinvergüenzas que creen pertenecer a una aristocracia en la que caben desde conservadores a comunistas, ilustrada por las reglas de una democracia a la que han violado una vez y otra, como ese desgraciado del Eixample, ataviados con una levita de corte parecida a la de aquellos revolucionarios de salón, que empacharon Francia con terribles excesos, que descabezaron a un Rey absoluto para coronar a un ejército de reyezuelos reventones.

De lo que quería hablar, ahora que los medios han resucitado sus perlas léxicas, es de la incapacidad expresiva de una nueva imputada en el saqueo de la bolsa común de los contribuyentes. Como ha pasado el tiempo (¡qué pronto olvidamos!) sus disparates verbales me han sonado a nuevo y me han encendío la coló. La decisión de la juez le ha sorprendido con la pata quebrá en Bruselas, premio gordo por sus numerosas incompetencias y, tal vez, por el butrón que presuntamente abrió a los Apandadores de los fondos destinados a los parados que no tienen ni para gazpacho. Dicen que allí necesita de intérprete. Me pregunto si para que le traduzcan el inglés, francés y alemán de sus señorías o para que le expliquen de qué va todo eso de Europa, que son muchos nuestros eurodiputados que, al ser elegidos, dudan si cruzar las puertas del Parlamento entonando el himno de Eurovisión y si en la presidencia se encontrarán con Massiel.

Quería escribir acerca de esta mujer a la que sentaron sobre una cartera ministerial y sobre muchos otros colegas de la sinvergonzonería con siglas que prometen toneladas de honradez, y que ni siquiera saben decir tres frases con una mínima coherencia intelectual. Quería…, pero me entran nauseas, por lo que regreso a mis tentaciones de carterista aficionado, de hurtador de muñequitos de PVC y tapones para el lavabo, de robador de todo a cien, de maleante de pega que tiene que enlazar las manos, suspirar y continuar calle arriba, dándole vueltas a cómo llegar a fin de mes.
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