26 jul. 2013


Lo vemos de golpe y con el golpe: la vida no es la economía ni el trabajo a destajo. Tampoco la vida es el injusto desempleo ni esa persistente furia por querer ser rico a toda costa. La vida no son las vacaciones, que ya tocan, ni los largos trimestres en los que no cae un solo puente. La vida no es la salud ni la juventud eterna. La vida no es la enfermedad. Ni el aburrimiento ni la diversión de un carrusel sin fin. 



Aunque tiene un poco de todo lo enumerado, la vida es una mezcla de fragilidad (la tuya que me lees, la mía que te escribo, la de los viajeros del tren que llegaba a Santiago de Compostela) y de amor (el que damos, el que recibimos, el amor ejemplar de los vecinos, policías y sanitarios que lo han dado del todo con tal de rescatar supervivientes y que han tratado con delicada dignidad a los heridos y a los fallecidos, a las familias de los unos y los otros). Así es la vida: un viaje breve e intenso, con sus aciertos y sus errores, con su perdón. Y tras la vida –qué nítido se ve algunas veces- un Pórtico de Gloria para seguir viviendo. 
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Poco más añadiré. No me gusta ahondar en las tragedias ni asomarme a las imágenes de las familias que lloran a sus muertos. Las lágrimas necesitan privacidad -¿quién no lo ha experimentado?-, lejos de los objetivos que nos sirven raciones gratuitas de conmiseración. 

Así que, de un plumazo, vuelo a Río de Janeiro, en donde se ha rezado intensamente por lo ocurrido en Santiago de Compostela. A esta unión sin distancias la Iglesia la llama “Comunión de los santos” y es dogma de fe: que los bautizados forman una única familia en la que todos viven por y para los demás. Es, para mí, uno de los aspectos más conmovedores y atractivos del cristianismo, la certeza de que nunca estamos solos. 

Para los ajenos –la mayoría de nuestros periódicos, de nuestros canales de radio y de televisión, de muchas webs de noticias-, las Jornadas Mundiales de la Juventud siguen siendo un misterio, pues no saben cómo justificar esas riadas de gente joven que se deslizan desde todos los rincones del mundo en busca del Papa. 

Y es que parten del convencimiento de que nuestro mundo ha dejado a Dios contra las cuerdas. De ese K.O. técnico hablan muchas leyes, muchos comportamientos que hoy se tienen por justificados y festivos, muchos devaneos científicos con la vida y con la muerte y, sobre todo, mucha desilusión, esa sensación continua de pérdida que sufre el hombre occidental a pesar de las leyes, los comportamientos y los éxitos científicos. 

Los ajenos entienden las JMJ como un happening de sotanas y muchachos cantando folk religioso, algo trasnochado pero indudablemente exitoso. Dicen que es un Wodstook que Juan Pablo II improvisó por darles consuelo a los pocos chavales que aún asisten a la misa dominical. Pero resulta que no son tan pocos. Además, lo que encuentran en las Jornadas les deja mucho más poso que los gritos de Janis Joplin –por seguir con el simil- en el barro del festival hippie

El cardenal Rouco ha manifestado que los frutos de la Jornada Mundial de la Juventud que se celebró en Madrid, son visibles y duraderos. Yo conozco varias historias: un estudiante de futuro prometedor, vive hoy en el noviciado de una antiquísima orden religiosa. Unos novios que sufrieron juntos aquella tarde-noche de furia climatológica en Cuatro Vientos, procuran dar testimonio cristiano con su recién estrenado matrimonio. Unos chavales descreídos que fueron llevados hasta Benedicto XVI por el empuje de la masa, practican hoy los sacramentos, también la confesión, que a muchos les resulta una rareza, algo demodé y que, en voz de estos muchachos, es un "subidón de paz". 

Juan Pablo II tuvo tirón para aglomerar a millones de personas en Buenos Aires, Santiago de Compostela (¡ay, Santiago!), Chewstokova (allí jugaba en casa), Manila, París y Roma. Lo de Roma aún colea, porque el Papa polaco ya no era el atleta de Dios sino un anciano que no podía andar y al que apenas se le entendía, pero que reventó la Ciudad Eterna junto a una chavalería que descubría a un líder en vez de a un abuelo majete. Pero después llegó el Papa alemán, sabio y tímido, sin carisma, que (oh, sorpresa) frente a todos los negros augurios hizo de Colonia y la capital de España una inmensa fiesta religiosa. 

De Francisco no se esperaba menos, dirán, como si el asunto siguiera dependiendo de las coordenadas humanas, del don de gentes de otro hombre mayor vestido de blanco, y no del capitán que guía la Iglesia desde hace veinte siglos. Porque las JMJ hubiesen quedado en un Woostock de ursulinas si, en efecto, a los cientos de miles de jóvenes el Papa no les hablara de Jesús, no les ayudara a rezar, no les impulsara a revisar la conciencia, a pedir perdón, a dar gracias, a buscar un rumbo nuevo y seguro.



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