2 ago. 2013


Llego tarde, lo sé. Tanto cantaban el alumbramiento de este niño que un escritor de mi categoría debería haber manejado todos los detalles desde que, gracias a una foto de perfil de la hoy feliz mamá, se propagó el come-come de que había embarazo, consecuencia natural después de aquella royal wedding que fue un sueño hecho realidad, pues se casó el primogénito de la Princesa del pueblo, hijo también de un eterno aspirante a rey especializado en huertos ecológicos, nieto por supuesto de las soberanísima entre los soberanos, bisnieto de aquella adorable anciana que sabía tanto de gintonics como de la cría de corgi galés, un extraño can mezcla de zorro y escaño para los pies.

Sospecho que media humanidad podría aprobar una tesis doctoral acerca de la gestación coronada. Tan grande ha sido la histeria colectiva que más de una abuela habrá trocado el nombre del caniche (“Fifi”, aunque suene manido) por otro más elegante: “Katemildelton”, en el caso de que el perro de lanas sea hembra; “Elhijodeladidí”, si el pobre macho carga sobre su conciencia el deshonor de pertenecer a tal raza perruna. Son las cosas de los ingleses, ya saben, en teoría tan odiados por la vieja Europa como envidiados como se envidian aquellos míticos abrigos amarillos reventones de la Reina madre (la de Isabel II, por aclarar), a juego con un sombrerito con forma de colillero de Cinzano.


Lo he comprobado en tierras celtas, la dolorida Irlanda, la isla del trébol, la vecina mancillada por ese corazón negro que nunca conoció la compasión. La Gran Bretaña no deja de ser otra isla -aunque más grande y poderosa-, que siempre ha despreciado a los irlandeses por su catolicismo a prueba de iconoclastas, capaz de soportar hambrunas provocadas y ahorcamientos de párrocos y coadjutores. Los irlandeses dicen -desde hace un tiempo- que han empezado a tolerar a quienes desde siempre les han tratado tan mal. Es el síndrome de Estocolmo que causa la crisis, pues provoca entre los granjeros un dolor de estómago que sólo se alivia con las divisas que sus hijos envían desde los riñones del averno (el industrial Liverpool o la grisácea Glasgow), algo así como si los españoles concediéramos a Alemania (tan aséptica con los compatriotas que -en los sesenta del siglo pasado- llegaron con su maleta de cartón), el título de reino del fandango y la juerga porque de nuevo pide mano de obra española, esta vez con titulación de la Complutense.Seguir leyendo en Teinteresa.es

Pero hablaba de la bella Éire, isla de llanuras y cortados abruptos sobre el frío Océano, país de la lluvia pertinaz y la bota de goma, de la conversación amable, de la música melancólica y la añoranza por aquellos que se marcharon a convertir los Estados Unidos de Norteamérica en una gran nación. País sembrado de cagarrutas de oveja en el que suena un balido perenne y el invierno transcurre lento y pesaroso, como la lectura del “Ulises” de Joyce.

Los vecinos atacaron sus costas desde todos los flancos, prohibieron el culto eucarístico y tapiaron las ventanas de sus pintorescas viviendas, que pasaron a ahogarse con el humo de la turba sobre la que se cuecen las patatas y el trébol, el trébol y las patatas y -en días de guardar- alguna salchicha.

Es la isla de los incontables minifundios, de los páramos y las vocaciones al martirio en manos del pérfido Cromwell, de las huellas de un mítico John Wayne que regresa para enamorarse y enamorarse y enamorarse (tantas veces como ustedes vean “El hombre tranquilo”) de una bella granjera de melena roja, con la que formará un hogar pobre y honrado en el que crecerá una preciosa familia de niños pecosos con fuego en el pelo, que si mueren por la hambruna y el bloqueo inglés, subirán al Cielo con plumas de trébol y el decidido propósito de pedirle a San Patricio veda para entrar en los pubs, beber pintas de Guinness y fumar cigarrillos de heno.

Irlanda -esa Irlanda que acabo de describirles- se ha rendido, como el resto del universo, al nacimiento del futuro Rey de los ingleses, un sonrosado pelón que un día recibirá el armiño que descansa sobre la puntualidad, la flema y esas casas en las que no queda un centímetro sin enmoquetar.

Es la monarquía que se cuela en nuestros hogares –también en los hogares irlandeses- como distracción, ensueño para gozar de palacios y oropeles, bodas, partos coronados y algunas honras fúnebres cantadas por Elton John. Todo tan ajeno a nuestro día a día.
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