26 ago. 2013


Ayer fuimos de excursión. Dos familias. En total, once niños. Les dejo la duda de saber cuántos corresponden a la mía y cuántos a la de mis amigos. 
Caminamos por una trocha que sigue el cauce de un riachuelo medio oculto por las copas de los árboles. Los niños subían delante de nosotros en pandillas (unas veces, sólo los chicos, sólo las chicas; otras, chicos y chicas en el mismo y único grupo), aunque con sus juegos no fueron pocas las ocasiones que se detuvieron a observar cualquier pequeñez y les dejamos atrás. Pero enseguida se colaban entre la conversación distraída de los padres y, sin darnos cuenta, volvían a colocarse a la cabeza de la expedición. 

Sus risas restallaban en ecos felices contra el desfiladero vegetal. Gritaban “¡tonto!” y la ladera les devolvía el insulto inocente como las olas devuelven, una y otra vez, su festón de espuma. 
Lanzaron piedras a los helechos. Clavaron las pupilas en las mariposas que revoloteaban de dos en dos, haciendo nudos en el aire frente a sus rostros preguntones. De puntillas, arrancaron moras negras con el valor que supera la amenaza de las espinas ante el goloso festín. Tomaban palos y se enzarzaban en esgrimas de teatro. Se extasiaron, asombrados, ante las andanzas apresuradas de un sapo que parecía enfadado por tantos ojos chispeantes sobre su fea compostura. Nos pedían agua, una y otra vez agua, en tragos que interrumpían con toses contagiadas de risa, una risa continuada a lo largo de la excursión. Una risa que no conocía el cansancio. Una risa sin doblez. Una risa después de las lágrimas. Una risa que se hizo parte de aquella naturaleza verde, de la trocha, del río, de la vaguada, de los árboles y los helechos, de las zarzas cuajadas de frutos, del agua, de la misma risa. Risa de niños, risa contagiosa, risa despreocupada, risa desinhibida, risa sin dobles intenciones, risa cuajada de vida.

No he querido contarles a mis hijos ni a los hijos de mis amigos, autores de la tormenta de risas que empaparon ayer el monte, lo que traen los periódicos en estos días de agosto. No me atrevo a mostrarles las imágenes que ilustran algunas noticias. No he querido hablarles de los horrores de una sociedad que tiene en muy poco a los niños, a pesar de tanto discurso con el que los responsables del mundo mundial se llenan la boca de pretendida humanidad. 

El encuadre de la portada retrata una morgue en el que las risas se han quebrado como un cristal, el juego de un niño sin risas que se abraza a un muñeco de risa pintada, el desierto de una ciudad sin pequeños, sin madres –desembocadura del río de la vida-, sin padres ni abuelos, sin mariposas ni pájaros… Una bomba parece romperme el pecho. Leo titulares que hablan de gases letales, de armas químicas, de una nube abrasiva que transforma las miradas chispeantes, preguntonas y alegres en ojos amarillos, vidriosos, espeluznantes. Los pájaros han roto su trino sobre la esperanza que portan los niños, una esperanza ajena a los vaivenes de este planeta que lleva toda una Historia engolfado en guerras, en anhelos de poder, indiferente al quebranto de las mariposas cuyas alas se desmigan sobre boquitas secas que no volverán a reír.

Dicen que las Naciones Unidas han tomado cartas en el asunto, que van a investigar, que sus altos comisionados se encuentran cada vez más cerca del lugar de la matanza. Por mí, que no vayan… Llegan tarde, como siempre (y siempre quiere decir antes, ahora y después: una eterna indiferencia). Van a descubrir que las calles están vacías, que no rueda ninguna pelota, que todo está envuelto por una acusadora nube de silencio que no solo señala a quienes dirigieron la operación militar, a quien la ordenó, a quienes la ejecutaron. También ellos llevan grabado el vergonzante sello de la indiferencia, de la lentitud, de la inoperancia, de los intereses ocultos con los que cada país traza las líneas de su política exterior.

Mis hijos, los hijos de mis amigos, los hijos, sobrinos y nietos de todos aquellos que han leído este artículo homenajean con sus risas, sin saberlo, a los niños asesinados en las infinitas guerras que tejen el devenir de los hombres. Sus risas les hacen justicia, los representan, los eternizan más allá de los discursos, las declaraciones, los homenajes, los monumentos, todas esas aburridas zarandajas con las que los adultos ovacionamos la estéril y teatral intención de que no se repita el horror.

Niños, no miréis. Seguid riendo.





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