23 nov. 2013


Franco no sólo fue un militar bajito que ganó una guerra entre hermanos. Franco no sólo fue un hombre autoproclamado Generalísimo (cosas de la época, propias de un liderazgo con ínfulas cesaristas cuando el azúcar se adquiría de estraperlo). Franco no sólo fue el representante de una serie de gobiernos justicieros ni el adalid de una España confesional, para mayor gloria de su mesianismo bajo palio. Franco no solo fue el valiente autárquico –una especie de Obelix- que cerró las fronteras de aquella España cañí, ni el cabecilla de los hacedores de pantanos y kilómetros de asfalto. Franco es, sobre todo, motivo de fascinación de sus enemigos de salón, a pesar de los casi cuarenta años que lleva enterrado bajo la losa de mármol. 


Franco es un mito, pero a la inversa. Erró al liderar a las tropas nacionales, porque si hubiera sido un dictador de izquierda, le habría bastado un fotógrafo como Alberto Korda para inmortalizar su rostro en miles de camisetas, de tanto como lo nombran.  Por eso me admira la fascinación que provoca entre aquellos que aseguran despreciarlo y, sin embargo, no se lo quitan de la boca. 
Los historiadores se ponen de acuerdo al afirmar que le faltaba carisma, tal vez porque no llevaba barba ni melena, qué le vamos a hacer, o porque sus arengas del NODO sonaban atipladas y cuando posaba para que lo retrataran al óleo, se subía a una banqueta y exigía que el artista lo sacara bastante más alto de lo que era. Pues para no tener carisma, cuánto les cuesta cerrar el capítulo que protagonizó. En nuestra historia reciente, Felipe Gonzalez cesareó también de lo lindo –con elecciones ganadas, por supuesto- y nadie se pasa el tiempo, erre que erre, exhibiendo la memoria de sus fatalidades. 
Puede que lo de Franco sea la fascinación del “rebote”, la necesidad de tener un enemigo ahora que de él solo quedan los huesos, un espíritu bajito con el que disputar batallas de pasillo. Franco, Franco, Franco…, como en los baños de multitudes que se daba en la plaza de Oriente, pero no para aclamarle sino para lanzarlo como un trapo sucio, paupérrimo recurso de los políticos, líderes sociales y cabecillas camorreros que, a falta de argumentos con los que sostener una dialéctica ante tal o cual medida del gobierno de la derecha (con elecciones ganadas, como Felipe), vuelven una y otra vez al abuelo. 
La fascinación franquista de quienes ven en el personaje una corporalización luciferina, ha convertido al lejano General en protagonista del tebeo que venimos dibujando desde el día que Zapatero ganó otras elecciones (como Felipe, como la derecha). Franco es el monigote del mal, un malo malísimo que entra por nuestras ventanas cuando estamos dormidos, un malo malísimo que habita en aquellos que lucen traje de sastre y corbata de Hermés, empecinado en acabar con los héroes que años ha portaban chaquetas de pana y ahora gustan comer en restaurantes con tres estrellas Michelin. 
Franco es un as en la manga al que tenemos más visto que el tebeo, ese tebeo dibujado a trazos burdos por los que amenazan con su reencarnación en tal o cuál ministro, por más que callen que de niños fueron felices en aquella España de Pepe Isbert. 
No sé a ciencia cierta cuánto fue de malo el General. O si su maldad fue mayor que la de aquellos que lideraron las tropas de la derrota. O si en el contexto histórico de aquellos años cuarenta, se daba por razonable la purga política por parte del ganador, el garrotazo vil y la tapia de fusilamiento, que también se utilizaban en países europeos como castigo contra los crímenes de guerra –países en los que había elecciones democráticas, por cierto-. En todo caso, volver a Franco una y otra vez, recurrir a los tópicos de su vileza, hacer de él un anti mito, un pimpampum con el que sacudir a los que no forman parte del selecto club de la izquierda, como si su legendaria vileza y ferocidad fuesen las señas de identidad del gobierno actual, convierte nuestra política en un caricaturesco patio de colegiales tontos. 
Si Franco continúa como sostén del argumentario, será muy complicado revisar los puntos débiles de nuestra Democracia, lavar la cara de los partidos que pretenden arrogarse nuestra representación, forjar la paz allí donde no hacen más que saltar chispas. Chispas antifranquistas, dicen. Chispas incendiarias, digo. 

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