21 dic. 2013


Will Eisner fue un maldito. De niño correteaba por los callejones de Brooklyn que apestaban a col hervida. Buscaba gatos entre las basuras, a los que apuntaba con un tiragomas. Buscaba chuchos a los que ataba un cordel prendido a una lata de filos cortantes, y se topaba con polis de chaqueta negra y cruzada con doble abotonadura, que con un tirón de orejas trataban de aleccionarle sobre la frontera que separa el bien del mal. 
Dicen que en uno de esos cul-de-sac tuvo un encontronazo con un hombre misterioso y fornido. Aquel extraño iba con las manos enfundadas en guantes de cuero azul. Era alto, un gigantón para los ojos infantiles de Eisner. Se interpuso entre él y el último minino callejero como si hubiera surgido de la nada, como si hubiera brotado del asfalto, de los adoquines y las basuras. No sabía Will que el héroe había saltado de una azotea desde la que oteaba la niebla en aquel Nueva York atufado de repollo. 
Tartamudeando, el niño le preguntó cómo se llamaba. Tal vez se trataba de un ardid con el que pretendía que el gato sarnoso huyera de aquellas sombras y, así, el defensor de la ley no escrita olvidara la razón de su caída libre. Pero el enigmático galán (estaba trajeado con un sastre azul encendido y se cubría el cabello engominado con un sombrero del mismo color) no despegó los labios. Por eso, en su imaginación de infante lo bautizó “Spirit”, que en nuestro idioma ya saben lo que significa. 


Pero lo que conmovió de verdad al golfillo fue el antifaz. Como los héroes que traían las tiras dominicales de los periódicos de Hearst, Spirit escondía sus facciones con una máscara de cuero azul que bordeaba sus penetrantes ojos azules. 
Spirit era un héroe enmascarado que un Will Eisner algo más talludito volcó en las fascinantes páginas de sus cómics, un prodigio en blanco y negro, magistral en el uso de una plumilla de trazos ideales para caricaturizar la brutalidad de los gánsteres y la belleza despampanantes de las tigresas. 
No digo que Spirit tendría que luchar contra los vicios a cara descubierta. Entre otras cosas, sospecho que el antifaz lo lleva pegado a la piel. Digo que en España carecemos de héroes de anchas espaldas, trajeados como Cary Grant. Lo nuestro son los héroes en zapatillas (en estas fechas, los parados que hacen encaje de bolillos para poner alguna baratija a sus hijos), a los que no les dejan ponerse caretas frente a la humillante ventanilla del INEM.


 
Los antifaces los tendrían que llevar aquellos que ni siquiera se tapan el rostro para hacer sus fechorías, fechorías de guante blanco, de telefonazo a las altas instancias de una Caja de Ahorros, al despacho de la planta noble de una gran compañía, de amenaza (“no te das cuenta con quién estás hablando…”), de mariscada miserable (¡cómo sorben las cabezas de las gambas pagadas con mis retenciones, con las suyas, querido lector!), de quítame tú estas penas con el sobre, el aguinaldo que lleva matasellada una airada pedorreta a la población que navega en la tempestad de la desesperanza. 
Nuestra democracia lleva treinta años en un parto doloroso: el de una oligarquía con derecho de pernada, un derecho que no estaba escrito en ningún programa electoral, ni siquiera en el dedazo con el que pasan de un sillón de la administración a la poltrona de una caja de ahorros, ni siquiera en el dedazo con el que disfrutan de un destino en Bruselas (apartamento, dietas de millonarios y viajes gratuitos en avión). 
He querido ponerme en contacto con Will Eisner, pero está muerto. Ahora busco a Spirit con desesperación y no lo encuentro. Los héroes de papel son así, un chispazo que desbarata los planes del hampa. Pero lo nuestro es tan chusco que ni siquiera el hampa quiere prestarles el nombre.



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