25 dic. 2013


El espectáculo apenas ha variado a lo largo de la Historia. Ahora, sí, nos llegó de Canadá una reinterpretación más equilibrada y bella. Ahora, sí, sus protagonistas van y vienen a lo largo de la circunferencia azul porque existen los aviones, pero el circo que gustaron los atenienses fue casi el mismo que aplaudieron los romanos, por no hablar de aquellas troupes que muchos siglos antes ascendieron el cauce milagroso del Nilo para delicia del faraón y su pléyade de familiares. Tres circos, tres que, como el circo de hoy,  son  una puerta de entrada a los sueños.
Mejor dicho, un telón colorido de entrada a lo sorprendente: hombres y mujeres dotados de habilidades imposibles, bufones que se ríen de su idiocia, animales de granja y fieras alienadas bajo el látigo de un superhombre que rendir el instinto mortífero de los grandes felinos, bellas mujeres que acompañan el riesgo de cada número con afectados pasos de baile.
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El circo es, para mí, el túnel del tiempo que no me conduce a la melancolía de mi infancia sino a la osadía sin límites de los niños. De pequeño, después de disfrutar de varias funciones cuajadas de brillos y redoble de tambores, funambulistas, clowns y domeñadores de perritos falderos decidí que aquel era mi camino: vagar por los pueblos del mundo para tensar las lonas bicolores en las que todo se hace posible. Camellos, cebras con penachos sobre la testa y monos lacerados de pulgas serían mis juguetes. Dumbo, el elefantito orejudo de tristes ojos azules, la mascota que me acompañaría en mis paseos por cada nuevo destino, el compinche que me ayudaría a robar cacahuetes en los puestos de frutos secos gracias a su trompa succionadora.

Tal vez aquella fue la primera lección que me dio la vida, pues los carromatos –que por entonces ya eran modernísimos camiones en los que era posible viajar, vivir, estudiar y hasta morir- partieron de un llovioso Bilbao sin haberme hecho un hueco. "Que yo ocupo poco", murmuraba entre lágrimas mientras el hueco abandonado por la pista central se iba convirtiendo en una piscina de barro. "Si yo estaba dispuesto a limpiar las jaulas de los animales hasta aprender mi primer número", me sorbí los mocos del desengaño.


Como es Navidad, mis hijos me han servido de tapadera para regresar al circo. Los elefantes que subían a los taburetes tenían una mirada vieja. Tal vez fueran los mismos que me vieron llorar en pantalones cortos. Tal vez fueran los mismos que divirtieron a los espectadores de Roma y Grecia, a los de Egipto y Persia. Dicen que esas moles grises viven mucho.



Pero ni usted ni yo nacimos para viajar con un circo, por más que la vida que nos ha tocado –ese ir y volver de la oficina, que es un salir y entrar al escenario; ese equilibrio sobre la cuerda floja de la cuenta corriente a punto de evaporación; esos números de magia para que la risa del hogar pueda contra las olas de tristeza- estaría mejor caminarla con zapatones abotinados y una nariz de cartón.



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