4 ene. 2014


En el siglo XXI todavía no viajamos en platillos volantes. Al menos, por ahora, que han pasado catorce años ya de aquella noche de infarto en la que pasaportamos el segundo milenio de la historia, según el calendario cristiano, en la que creímos que se hundirían las muletillas que sujetan el entramado invisible de la tela de araña que sostiene mi email, en el que envío estas líneas a Teinteresa; hilos de seda que no se ven y que hacen posible mi periódico digital, pero también a otros millones y millones de direcciones electrónicas, a la videoteca infinita, a la librería sin horizontes, a la música de todas las músicas, a las redes sociales en las que hasta el más feo aparece con una sugestión irresistible en la mirada, a las contraseñas que lo mismo abren un supermercado online que la cuenta corriente de un banco, a instituciones financieras que salpimientan el mundo entero flotando en la nada, una nada que en este 2014 lo es todo, aunque no viajemos en platillos volantes –como creían los guionistas de muchas novelas de ciencia ficción de los años cuarenta, que señalaban el año 2000 como la panacea para un Flash Gordon posmoderno que disfrutaría de no poner un pie en una estación de metro que huele a col, liberado de conocer las líneas de autobuses que unen Zamora y Benavente o los raíles del tren que cercanías, pues –es un decir- en el año 2000 el señor Gordon se desplazaría, de Tarrasa a Venus, en un plato sin puertas ni ventanas. 
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Lo del plantillo volante es una tontería. Al fin y al cabo los logros de la humanidad, a estas alturas de la función, dejan en calzoncillos el redondel luminoso que en estas calendas –según Flash Gordon- debería surcar los cielos. 
Nos hemos comido las doce uvas con los tañidos del reloj de la Puerta del Sol, como siempre, de igual modo que los italianos han dado buena cuenta de sus platos de lentejas con sabor a fin de año, pero de una manera distinta. Me explico: a lo largo de esta Navidad que ya se termina, las familias se han visto obligadas a dividirse –como siempre también- según marcan las negociaciones, los pactos, los entendimientos de alcoba (esta noche con tus padres, hermanos, cuñados y sobrinos; la otra con mi madre, hermanos, cuñados y sobrinos). Pero, a diferencia con las miles de Navidades que llevamos vividas, los dispositivos electrónicos que esconden su magia en las mangas de esos telares invisibles que rodean la tierra en un densísimo ovillo, han hecho presentes a los unos y a los otros, rompiendo las distancias y todas las barreras. Pero no con una voz distorsionada por la red telefónica, saturada de tantos clientes que desean comunicar todo tipo de parabienes a los suyos, sino con la imagen y el sonido nítido, no importa dónde se encuentre aquel que nos provoca lágrimas de emoción por entonar con nosotros un villancico que aprendimos de niños: "Ya vienen los Reyes".




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