11 ene. 2014


Podría escribirles acerca de la imputación de la Infanta Cristina, culebrón matrimonial que precisa con urgencia el resumen de una Doña Adelaida que nos vaya poniendo al día, pues cada jornada trae una sorpresa y con tantos años de sorpresas, la memoria de este menda es incapaz de recordar qué, quién, cómo, dónde… Podría escribirles de los matarifes de Durango, que dieron una rueda de prensa sobre un charco de sangre licuada y no permitieron preguntas, por si acaso. Me dicen que los pistoleros del IRA padecen depresión y alcoholismo, y no me extraña: qué asco de vida la del que tiene las manos manchadas de Goma2 y la cabeza bajo la sombra helada de los asesinados. Podría escribirles de los padres de Asunta, pero me niego, que me repugna el espectáculo que ofrecen los sucesos: media España asiste a las pesquisas y las filtraciones con un bol repleto de palomitas, como en el cine. Podría hablarles de las corruptelas, pero me llevaría a examinar las triquiñuelas de las que me sirvo y a hacerles repasar su conciencia, que los españoles llevamos un caradura en los genes. Así que escribiré sobre los ovnis, esos misterios luminosos que calentaron los miedos de la generación de los setenta, que después de la lisergia y la psicodelia exigían otra idiotez como pasatiempo. 
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Spielberg avivó la fe en que los marcianos son tipos asexuados con textura gelatinosa y ojos de mosca. Según sus películas, eran buenos. Y feos, que hay que ver al famoso E.T., un susto, vamos, aunque nos hiciera llorar a moco tendido, porque detrás de la fealdad pueden esconderse corazones repletos de ternura. 
Más adelante el cine decidió que los pilotos de los UFOs dejaran de ser buenos para transformarse en asesinos imperialistas, como cuando Orson Welles radió para los Estados Unidos final del mundo. No venían a la tierra en autobús de línea sino en unas habas brillantres que se desplazaban a una velocidad superior a la de la luz. Eran tan listos que dejaban en nada nuestra limitadísima inteligencia, para que después los racionalistas digan que el hombre es emperador de su propio ombligo. 
Los ovnis han regresado en esta era de cientificismo. Clonamos a la oveja Dolly, fabricamos bebés en probetas, nos sacan las muelas sin dolor, bajamos a Dios y sus profetas del pedestal…, pero una luz se prende en el cielo de Bremen y en un ataque de pánico cierran el espacio aéreo, no nos vayan a disparar los marcianos, con lo caro que es un avión. 
El objeto volante no identificado se dio un garbeo por la ciudad alemana. Le perseguían las patrullas de policía, confundidas con el ir y venir del platillo de café, que terminó por hacerles la peineta al hundirse en las nubes. 
¿A qué vinieron los extraterrestres? ¿Querían conocer la Feria de la Cerveza y se confundieron de mes y destino? ¿Querían probar el codillo con chucrut y salchichas? ¿O se trató de un globo de helio que se le escapó a un niño que todavía sigue llorando con la mirada clavada en el cielo? Les dejo a ustedes la respuesta.




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