28 feb. 2014

Qué difícil comprender a un gitano que sale flamenco. Muchos creen que es asunto de genes, de raíces, una culebrilla chispeante que les pasa a través de la sangre, de padres a hijos. Pero un gitano flamenco, además del ofidio precisa el empeño de un abuelo, de una abuela que, en la España ajena al desarrollo de los tecnócratas guardaba el burro en el patio. Aquellas familias gitanas (familias generosas, clanes más bien de primos y más primos que ríen y lloran, que hacen suyo el esqueleto que sostiene la vida) se dedicaban a oficios antiguos: canasteros, bataneros, aguadores, sombrereros, afiladores, quincalleros, vareadores y también ladrones de gallinas, a mucha honra del pueblo egipciano aunque la dictadura del hombre aséptico no quiera entender que, para la raza calé, la propiedad privada poco tiene que ver con nuestro raciocinio grecorromano. Y los oficios les daban en apellido.

Así que un gitano que sale flamenco precisa culebra, sangre, abuelo, oficio artesano, primos y gracia, mucha gracia de Dios. Al igual que la benevolencia divina, el don de su arte es un capricho gratuito, elección que desde el Cielo busca por las cunas de cobre sobre quién posar el beso de la genialidad. 

Qué difícil comprender a un gitano que sale flamenco, porque el compás no lo aprende en los libros ni en las lecciones teóricas de un conservatorio. ¿Qué haría un gitano flamenco con el metrónomo que rompe el tiempo en unidades iguales, sobre la tapa de un piano de pared en la casa de una maestra que huele a naftalina? Supongo que robar el metrónomo, cerrar la tapa del piano, meter a la maestra en un armario e invitar a sus primos a la casa para organizar una juerga que dure dos o tres días. 

El compás nace con la criatura, le viene a los puños, a los tobillos, al corazón que se le agita como un gorrión que se cuela por la ventana.Y no porque el arte del flamenco no tenga reglas, que las tiene pero pocas e interpretables. Son reglas que tienen mil maneras de romperse, tantas como gitanos flamencos hay por el mundo.

Reconozco que apenas sé nada de flamenco. Me falta oído, sensibilidad, genes, culebrilla para distinguir un cante triste de un cante alegre, un quejío que rompe la camisa de una alegría que jalean los palmeros con una pirotecnia hablada que convierte cada canción en una fiesta, canciones que nunca suenan igual porque el gitano que sale flamenco no necesita método, por más los que gitanos ensayan hasta que se les quema la garganta, hasta que les sangran los dedos o se les rompen los tobillos.

En resumen: el flamenco no puede explicarse en un “tutorial” de Youtube

Paco de Lucía salió flamenco y no era gitano. Será que la culebra que serpenteaba entre Algeciras y el Campo de Gibraltar se ahogó en el pozo del que bebían sus padres, que engendraron a un niño al que la gracia de Dios -un ángel irrepetible- le pulseó los latidos desde la cuna. Si hasta en los rasgos (su semblante de facciones cortantes, como a cincel) se advertía la gravedad del pueblo inmemorial, de los eternos emigrantes del éxodo que, a la primera de cambio, te forman un jaleo de guitarras y palmas que quita el sentido.

De niño quise entenderle y escuché con fruición algunos de sus discos. Me desmoralizaba mi cortedad de oído, mi falta de sensibilidad para convertirme al lenguaje trepidante de su instrumento, que me quedaba demasiado alto y lejano. Pero el duende existía, vaya que si existía. Era el duende de un bebé que buscó ritmos quebrados en su llanto, que al mamar sentía una comezón en las yemas de los dedos. Al sestear junto a la lumbre los sueños del niño se asomaban a un leño extraño, panzudo, con una boca grande y redonda que así, dormido, como quien no quiere la cosa, le instruyó su lenguaje misterioso. 

Qué difícil comprender a un gitano que sale flamenco. Y a un payo que sale gitano para ser flamenco. Qué difícil comprender a un hombre sobrio, tímido, de hablar escaso, rosto enjuto y mirada impenetrable cuya guitarra entabló diálogo con otros genios a los que también mordió la víbora.Conversaban sus guitarras ante el asombro de millones de iletrados del arte inmemorial, como yo.
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