21 feb. 2014

Los días son una tormenta de noticias. Nos caen una detrás de otra, como goterones de verano, sin orden ni concierto, salpicando la tableta, la pantalla del ordenador, la doble página de cualquier diario, los altavoces de la radio y el televisor. 

Muchas veces son salpicaduras de idiocia, puro entretenimiento informativo, unos chicos que cuelgan vídeos en las redes para mostrar lo rápido que se beben litro y medio de cerveza o lo ajustados que son sus saltos de balcón a balcón de hotel. Pero la idiocia no es el único elemento de esta ensaladilla informativa en la que ya no hay rango de importancia y tanto valen para entretenernos los muertos en Kiev como el agricultor que ha entrado al Libro de los Guinnes por cultivar un calabacín más grande que un autobús. 


Hay quienes almuerzan o cenan con la tele de como comensal de honor. El locutor y los reporteros hablan mientras ellos le dan a las lentejas, a la pescadilla y la naranja sin decir esta boca es mía. Una noticia se sucede detrás de otra: las declaraciones de un entrenador sobre el estado de la hierba de un campo de fútbol, la kamikaze que ha reventado a cuarenta ciudadanos que aguardaban el autobús, el profesor de gimnasia que les metía mano a las alumnas, el escupitajo que Justin Bieber lanza sobre las últimas fans que le quedan, lo gordos que están los niños que se alimentan de bollería industrial, lo insatisfechos que muchos españolitos se sienten en la cama, que el IPC ha subido por culpa de las acelgas, un subsahariano (lo siento, no traen la nacionalidad tatuada en los dientes) que cuelga de la valla como un luctuoso crespón, los de la oposición que insisten con lo del aborto sin que sepamos muy bien a qué se refieren, la danza a culazo limpio entre Shakira y una bella mulatael Rey que vuelve a usar muletas, el Rey que ya no usa muletas y la Infanta, ay la infanta y el caso Noos, ese pellizco de acíbar que amarga el segundo plato. 

Y en este lienzo de fotos sueltas, en este patchwork que rezuma violencia y estupidez al mismo tonelaje, un niño. Un niño cuya sombra alargada parece una lanza sobre los pedregales de Jordania, una lanza que debería clavarse en nuestra conciencia de acomodados contempladores de las desgracias mundiales, pero que ha perdido toda su fuerza, la fuerza de la dignidad al ser una gota más en la tormenta informativa, por más que la gota sea gorda, densa, oscura… una gota de sangre casi coagulada.

Dicen las agencias que ese niño que huía de la guerra de Siria no estaba solo, que caminaba a unos metros de su familia, como si todo hubiese sido un ardid del fotógrafo de una agencia internacional para optar al World Press Photo de la canallada. Saber que iba acompañado por los suyos ha tranquilizado rotativas y redacciones. El niño, por tanto,  ha dejado de ser noticia.

Si cualquiera de mis hijos, cualquiera de sus compañeros de colegio –ruidosos y movidos-, cualquiera de los niños que juegan en el parque o aquellos que van y vienen, como moscardones, frente a la puerta de la tienda de chuches del barrio se viera obligado a caminar hacia el exilio por una llanura dentada de piedras bajo el sol del final del invierno, mi vida cobraría sentido en tanto y cuanto pudiera hacer algo comprometido por la paz. Pero el niño sirio no ha tenido suerte: no es nuestro. Su guerra tampoco. Y vaga por el éxodo de los miserables acompañado de madre y hermanos, lo que quita su gotita de miel a una realidad que debería arrancarnos el sueño, pues a esta hora, precisamente a esta hora, un niño contempla con sus ojos de largas pestañas el macabro espectáculo de la destrucción. 


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