7 feb. 2014

Escribo unos días antes de la celebración de los premios Goya, los del cine patrio. Wert ha dicho que no va. Un asunto de agenda, que es el recurso habitual de la gente importante. Hacen bien. Ojalá dispusiera yo de una agenda para librarme de un puñado de inoportunos. Pero no lo soy (importante) ni dispongo de agenda ni de secretaria que me la lleve. ¿Es que no me merezco que una voz femenina y resolutiva telefonee a don Pelmazo para decirle que, por problemas de agenda, nuestra reunión no va a ser posible?... Sí, lo sé, también me falta un colega inglés con el que inventar un compromiso que me salve de la quema. 

El mutis de Wert ha avivado las llamas del debate. Unos dicen que la susodicha gala va en el cargo y en el sueldo. Otros, que para qué, si lo único que va a recibir son salivazos. Los más se encojen de hombros porque no sabían que Wert se dedicara al cine. 

Si  yo calentara el sillón del ministro hojearía mi agenda para buscar, como él, una razón que justificara mi ausencia. Y mira que me gusta el cine. Y mira que, además, me gusta el cine patrio. 

Con el cine español caben tres posturas: la de aquellos que hacen la ola a toda película que lleve el preceptivo sello del ICO. El natural sentido de la supervivencia les obliga al sube y baja gremial que une “Raza” con el último bodrio de Almodóvar, una cinta que todos los noticieros nos vendieron a bombo y platillo –con ¡Peeedrrroooo….! es habitual que así suceda-.  

La segunda es la de aquellos que rompieron para siempre con los héroes del celuloide cañí después del <<No a la guerra>> y el asalto a Génova. Aunque van pasando los años, cuando llegan a una sala que proyecta un filme nacional se cambian de acera, por si la película contagiara, no sé…, la rubeola. 

Y la última es la mía y la de tantos, que puestos a elegir preferimos una película nuestra a una norteamericana porque comprendemos mejor sus hilos argumentales, la autenticidad de sus personajes, la verbalización de sus escenas y el necesario ayuno de efectos especiales. Pero la película tiene que ser buena, insisto. Y las hay. Muchas más de lo que dicen los del segundo grupo.

Pero repito que entiendo a Wert. Yo tampoco acudiría a la entrega de los premios Goya, aunque esté en el cargo y en el sueldo. ¿A santo de qué enfundarte un esmoquin si te van a convertir en el pelele de la noche? Además, Wert no es un hombre fotogénico y cuando sonríe asusta, todavía más si la sonrisa se le congela en la cara ante tanta salpicadura de bilis. 

Me pregunto, al socaire del plantón del ministro, por qué la entrega de unos galardones precisa de un espectáculo calcado al de una sociedad que no es la nuestra. Los americanos fueron los primeros, lo sé, pero son distintos. Lo que a ellos llena de orgullo y satisfacción a nosotros nos aburre. Para empezar, los chistes de guion: en América se ríen con libertad de tonterías que en nosotros provocan sonrojo, aunque las declame Eva H.

Algo parecido sucede con el paseo por la alfombra roja. En Los Ángeles se respeta la etiqueta. En los Goya, una actriz de Cuenca va de largo, otra de Ponferrada posa en minifalda, una de Villarrubuelos se viste con un tricotado y si aparece la mujer de Pedro J. creemos que nos atacan las sandías. Por no hablar de los hombres... Los galanes norteamericanos saben llevar la pajarita. Los nuestros, que son pocos, tampoco lo hacen mal. Pero tras ellos camina una pléyade de sujetos dedicados a la industria a quienes no acompaña la prestancia. Llevan mocasines, deportivas, zapatos de cordones, camisas de leñador, chaquetas de lentejuelas y hasta un chándal, y son bajos, gordos, calvos, barbudos, desgreñados…, aspectos todos muy respetables pero que resultan extraños cuando los ves por una moqueta encarnada, esté o no esté Wert.


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