14 feb. 2014

Yo no lo tengo (no tengo internet en el teléfono móvil, para desesperación de mis hijos más pequeños, a los que no les queda más remedio que divertirse como se han divertido los niños de la historia hasta el día que alguien decidió cuadricular la infancia en una pantalla). Ni siquiera sé bien cómo se pronuncia el palabro (hablo un inglés macarrónico aprendido en Kenia, bastante oxidado por falta de uso), salvo que lo tenga escrito en un papel, como ahora.
Y la vida no me va mal, lo aseguro. Es más, la vida la tengo liberada de esa catarata de chiflidos en la que se ha convertido la existencia de buena parte del planeta. Puede que la suya, lector. Y mire que lo siento, pues me parecen un sinvivir buena parte de los pretendidos beneficios con los que nos aferramos al mundo digital de bolsillo, llámese móvil o pónganle ustedes la marca que prefieran, con manzana o sin ella. 

Me refería a los chiflidos, esas alertas sonoras que anuncian la llegada (la “entrada”, dicen) de un whatsapp. O de una cadena de wathsapp en plural, porque los chiflidos se transforman en catarata -una pajarera, oiga, con tantos cantos como aves vuelan y corretean por el mundo- que pone en alerta todos los sentidos, como si la vida dependiera de un hilo, digo de un whatsapp que te pregunta: “q tal?”, que le contestas: “bien”, que te repregunta: “seguro q bien?”, que le recontestas “bueno, me duele un juanete”, que te vuelve a preguntar: “mételo en una palangana con agua caliente y sal” y que, a partir de entonces, abre la exclusa de todo tipo de recomendaciones para liberar de dolor al pie, pues en el grupo del wathsapp todos se sienten uno, como los Mosqueteros, y basta una declaración sincera para que diez, veinte, cincuenta personas hagan una cadena tecnológica que soporte el dolor de tu juanete.

Hay cacareos para todos los gustos. Súbanse a un tren de largo recorrido (cuatro o cinco horas, un Madrid-Granada, por ejemplo) y déjense llevar por la originalidad con la que cada pasajero le grita al mundo que no está solo, que gracias al cielo dispone de un teléfono móvil de tercera generación (hace no mucho, esto era un grado de vínculo familiar; hoy no sé muy bien qué significa), que gracias al bombardeo de ruidos con los que mortifica a los pasajeros que duermen, leen o miran por la ventanilla se siente acompañado, incluso importante ya que forma parte del grupo de wahtsapp de los antiguos alumnos del colegio, de los compañeros de universidad, de la comunidad de vecinos, de sus primos carnales y primos segundos, de la peña futbolística, de los seguidores de la Voz, de los aficionados a los recortables, de los cachondos de la oficina, de las megapijas de la “urba”, de las cool, de las góticas de salen de copas, de las que reconocen ver la gala de los Goya, etc. 

Viajo mucho en tren. De hecho, me conozco el esqueleto de España gracias a su trazado ferroviario. Y leo en el tren. O escribo. O me echo una cabezada. O corrijo. O me da por pensar…, eso sí, en un generoso ejercicio de virtud, pues el vagón traquetea cuajado de gruñidos (oink, oink cada vez que “entra” un whatsapp), de kikirikies, de latigazos, de llantos de bebé, de encendido de nave espacial, de calambrazo, de silbidos de pastor, de trinos de jilguero, de canto de alondra, de grito de guacamayo y hasta de ventosidades que es mejor no detallar. 

Si no fuese un hombre virtuoso, a la vigesimosexta ocasión en la que escuchara el calambrazo me levantaría de muy malos modos, arrancaría de las manos el teléfono que sirve para todo, lo tiraría al suelo y rompería su maldita pantalla de un taconazo. Fueron mis padres, quizás, los responsables de este elegante saber estar, de esta paciencia que terminará por subirme a los altares para convertirme en el patrón de los que no tienen whatsapp con los que, por cierto, podría formar un grupo.






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