14 mar. 2014

Nos han tocado tiempos duros, muchachos. No son pocas las profesiones que, al pairo de la crisis o de la explosión cibernética, se han ido por el desagüe hacia un destino incierto. Y no sólo profesiones entendidas como oficios (ya no quedan sombrereros, tal vez porque nadie usa sombrero), sino profesiones entendidas como modos egregios de vida, de entender el mundo, de interpretarlo, de ofrecerlo. Los escritores somos uno de tantos, pero no voy a llorarles. Mejor nos tomamos un gin-tonic,que es la copa que ha destronado al cubata (al güisqui con Coca-cola, que dicen los finos) e incluso al ron que plantaron nuestros antepasados cuando el Caribe todavía era provincia y la caña de azúcar tan nuestra como la morcilla de Burgos.
No soy masoquista. Me explico: no pierdo las horas saltando de medio electrónico en medio electrónico para sumar advenedizos en la suerte de juntar palabras. Juntar, las junta cualquiera. O casi, porque pegas un zapatillazo y el ordenador se te emborracha de tantos como se ufanan de cabalgar sobre el mismo rocín que Cervantes, por más que el jinete fuese una de sus criaturas imaginarias, un tipo que en vez de yelmo se calaba una bacina.
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¿Y eso qué es?, se preguntan porque no se han leído el Quijote, porque no entra en sus planes dedicarle siquiera diez minutos al enteco caballero mesetario.
Decía que no iba a llorarles y ya les estoy llorando. Perdónenme… Aunque éstas son lágrimas secas, como las de los aristócratas ingleses, a los que no se les enrojecen los ojos ni cuando se les muere el periquito. Además, ¿de qué me quejo? Los arribistas de la pluma no me han podido robar un solo momento de disfrute frente a la pantalla en blanco. ¡Qué placer pulsar las teclas para comprobar cómo se construyen las ideas mediante palabras con las que soy capaz, ¡albricias!, de modelar alguna imagen bella, que es lo que los cursis llaman “expresar sentimientos”. Oh, Dios mío...
Nos han tocado tiempos duros a los que nacimos con el don del arte (en mi caso, un don administrado a cuentagotas), pues la corriente nos empuja por el río de la multitud, una multitud injusta porque cualquiera lleva un teléfono móvil y se llama fotógrafo. Cualquiera ensambla unas notas de guitarra y se llama compositor. Cualquiera mancha un lienzo o un papel y se llama pintor. Cualquiera combina dos trapos y se llama modisto, diseñador, costurero… sin perder la compostura y con fe de que tiene todo el derecho a tratar de tú a tú al mismísimo Alberto Schommer, al difunto Paco de Lucía, a Miquel Barceló o a Lucchino y Victorio, los de las cajas de bombones.
Me gustaría que las cosas fuesen distintas, que el talento se reconociera, se valorara y pagara como hace unos años. Que un artista pudiese cimentar su carrera, planificarla, ofrecerla no como una vacua excentricidad sino como un servicio público, pues nada regala tanto disfrute a ardua reflexión.
Hemos anegado el océano de la creatividad con islas de basura, entendiendo por basura la tabla rasa con la que nos enfrentamos a la única dimensión que nos rescata de la rutina y –en tantas ocasiones- de la vulgaridad. 
De niños nos enseñaron que un poeta no es un estibador de versos sino un elegido, no por sus merecimientos (que se descubren después, con los años) sino por esa huella dactilar con la que Dios le selló la frente. Lo mismo un novelista y hasta un buen articulista de prensa, aquel que puede cerrar una antología atemporal del género sin necesidad de notas a pie de página.
Llevo la mitad del gin-tonic consumido (miento, quienes me conocen saben que no pruebo el alcohol) y me hormiguean en las yemas de los dedos los párrafos que continúan el tercer capítulo de mi nueva novela. Porque las contingencias no van a estrangular al escritor que vino al mundo dentro de este esqueleto. Sería imperdonable. Y no por mis lectores, tan pacientes, sino por mí.





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