10 abr. 2014

Soy más del Ave Fénix que de los superhéroes en licras de colores. Mientras los genios saltarines sobreviven a las ideas retorcidas de todos sus enemigos, la rapaz no se salva del fuego cíclico. Después viene el resurgir -¡menos mal!-, pero el recuerdo de sus plumas chamuscadas no se lo quita nadie. Sobrevolar los cielos con el señorío de un águila tiene mucho mérito cuando el pájaro conoce su recurrente destino de pollo braseado.

El Atlético de Madrid es el Ave Fénix castiza, un equipo de gente con sueños pero sin grandes pretensiones, que se conforma con un triunfo cada porrón de años, por más que quisiera exhibir, al menos, las mismas copas que sus rivales –esos superhéroes con mallas de a millón-. El Atlético cuenta con una afición entrañable, de dominó y partida de tute, de bar con barra de cinc y expositor con churros fríos, una de bravas y ensaladilla de mayonesa endurecida.

Por la cercanía con el estadio, su afición pasea endomingada por la avenida comercial del barrio de Usera, por las salas de apuestas de Carabanchel y por los clubes de la tercera edad de Latina. Y los que pueden salen los domingos a darle al balón por los claros de la Casa de Campo. También hay seguidores adinerados, gente elegante con piso en la Castellana madridista o pareado en urbanización por los lindes de Somosaguas.
Pero el corazón de su hinchada lo forma el peluquero de caballeros que se bambolea sobre el alza de corcho de su pierna izquierda, las tijeras y el peine en la pechera de su mandil, que huele a Flöid y tiene pegado al espejo en el que se miran sus clientes dos fotografías dedicadas (la de un jugador de los principios de los setenta y la de un novillero del barrio que de niño jugó con los alevines del equipo).
También el pollero, ese mismo que tiene la máquina para asar aves fénix y nos las sirve con su jugo y una cajita con patatas fritas congeladas. Y la secretaria que aprendió el inglés gracias a algún programa de la tele, la misma que teclea a toda pastilla dando golpes certeros con sus uñas lacadas. Y el conductor del autobús de línea y la viuda con terraza en una colmena de Fuenlabrada.

Todo lo dicho es por aproximación, que de fútbol se tan poco que hasta a la afición tengo que imaginármela. Eso sí, en mi entorno hay muchos más seguidores del Real Madrid, que se caracterizan por un aspecto bien distinto (llevan pantalones chinos, meriendan en Vip’s, les gusta el gintónic y escuchan al viejo Julio Iglesias), al menos los que yo conozco.

Tiro piedras sobre mi propio tejado. Hace apenas unos días arremetí contra los tópicos y no estoy haciendo otra cosa sino encumbrarlos sobre un pedestal. Sobre todo cuando mi intención era hablar del águila inmortal, ese pájaro que no se rinde y surge de sus cenizas después de caer en la red del más estrepitoso de los fracasos. Cambia su plumaje colorido por el gris de la escoria para volver, elegante, a tintar su cuerpo.

Los triunfadores son peligrosos y hasta aburridos. De irles siempre tan bien ofrecen la impresión de que nunca han sufrido un achuchón. He ahí el peligro, reconocible por esa nube de buitres que esperan el momento de picotear su carroña. Tal vez el asunto no vaya más allá de la estampa, que los superhéroes son de tebeo y película, nunca de carne y hueso, y hasta los ricos muy ricos, los guapos muy guapos, los listos muy listos… tienen  razones por las que soltar lágrimas de cocodrilo.

Lo entendí bien pronto, cuando gané un concurso de Danone y la empresa yogurtera me regaló un avión en miniatura. Al tener el juguete en mis manos, algo me dijo que nunca me tocaría una lotería parecida. Y acerté. Desde entonces, como casi todos los mendas, he tenido que trabajarme las alegrías, muchas veces para no alcanzarlas. Es ahí donde está la gracia del juego de los que admiramos al Ave Fénix: una fogata en la que, sin darnos cuenta, metemos los pies.

Soy admirador de triunfadores que fueron reconocidos fracasados, como Antoñete, que a causa de la ruina se vio obligado a volver a los ruedos cuando la curvatura de su barriga gritaba a los toros que se le había pasado el arroz. Pues fracasado y todo, embelesó a las aficiones de las plazas que le habían olvidado. También me cautivó la voz aguardentosa de Chavela Vargas, una anciana que había ahogado su talento en piscinas de tequila.

Llegada la senectud desempolvó el poncho, buscó un tugurio en el que hubiera un par de guitarristas y murió agasajada por generaciones que nacieron cuando ella tuvo la edad de haberse convertido en bisabuela. Lo mismo podría contarles de pintores que han pasado a los libros de Historia del Arte con una obra irregular en la que, sin embargo, sobresalen (vuelo sorprendente de la rapaz) unos cuantos lienzos en los que pintaron dirigidos por el Espíritu Santo. Y de novelistas que van y vienen, surgen y desaparecen para volver a surgir con un nuevo libro debajo del brazo que les consagra, definitivamente, en mi particular olimpo de los hombres irregulares. A fin de cuentas no somos otra cosa, gente corriente que, de cuando en cuando, recibe un chispazo prestado.





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