4 abr. 2014

No creo en los tópicos. Es más, me parecen un recurso estúpido para explicar generalidades que no lo son tanto. Con la película de los apellidos vascos se han desbordado los tópicos sobre sevillanos (con lo grande que es aquello –Andalucía- , ocho provincias más los charnegos desperdigados por el resto del mapa) y vascos (con lo grande que es aquello, tres provincias de España, nada menos, más el mordisco en suelo galo y los que se fueron a hacer las américas). 

En un lugar puedes ver cadenas de oro con la imagen troquelada de alguna Virgen barroca. Y en el otro ausencia, más bien, de ornamentos religiosos en la vestimenta del personal. Y sí, en un lugar hay muchachos que se engominan al llegar el fin de semana y visten de luto riguroso el Viernes Santo. Y en el otro prefieren los vaqueros, la camisa de leñador, un corte de pelo de gusto más bien dudoso y apenas se nota que están en Semana Santa. Y en un lugar los gorriones se caen de los árboles asfixiaditos del calor apenas apunta el mes de mayo, y en el otro los gorriones en agosto calzan botas de goma. 
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Me he dejado llevar por los tópicos, cuando el menda es vasco y un apasionado de la Fiesta Nacional -séase, de las corridas de toros-, afición muy de aquellos lares, por cierto, aunque en San Sebastián la serpiente las haya proscrito. Insisto, me gustan los toros como me encanta comer chipirones en su tinta y marmitaco (que  escribo sin “tx” ni “k”). Y cuando escucho un redoble de palmas flamencas los pies se me mueven solos, por más que baile como los gansos. Y me aburre el aurrescu y me gusta la lluvia. Y reconozco el gazpacho como uno de los más felices inventos de la humanidad. 

Voy a referirme a otro topicazo: el de la mujer al volante. En concreto, a Esperanza Aguirre (tópico donde los haya del liberalismo patrio), que acaba de armar un guirigay sobre cuatro ruedas en el centro de su cortijo, digo Madrid. Reconozco que hubiese pagado por ver la escena: esa alegría con la que soltó el coche en el carril-bus de la Gran Vía porque necesitaba sacar dinero del cajero. Así, con dos bemoles, consciente de que la operación bancaria a pie de calle suele demorarse a causa de un buen racimo de preguntas: primero, la elección del idioma; después, el tipo de operación que desea el cliente; la siguiente, de qué cuenta va a soltarle un pellizco a sus ahorros; más adelante, si quiere o no quiere conocer su saldo y, de guinda, si desea imprimir un recibo de su gestión, si desea verlo por pantalla o si pasamos, directamente, a entregarle la tarjeta –ziiiip…-, a soltarle el parné, -ziiiip…- y a darle las gracias por confiar en esa ventanilla callejera que conecta con las tripas de su prestigio.

Me regocijo en el atasco que provocó doña Espe por la arteria de los cines y los musicales, eso que los cursis llaman el Broadway madrileño. Los autobuses de línea, que siempre llegan de tres en tres, los mensajeros en moto, el de la pizza, los taxis del Atleti, los taxis del Real Madrid, los taxis de derechas, los taxis de izquierdas y toda la masa de votantes en el interior de sus automóviles detenidos. 

He echado los dientes con Esperanza Aguirre en algún sillón público. Recuerdo que fue concejal de Medioambiente del ayuntamiento de la capital cuando lo del medioambiente sonaba a puesto de verduras. Hasta es posible que se encargara de colocar los cientos de azulejos con los que el consistorio iba dedicando los alcorques de las aceras a los bebés nacidos en la Villa y Corte. Azulejos que, tras unos meses de sol y lluvias, borraron el nombre y la fecha de tantos recién llegados a la ciudad del chotis y las obras. Pero Esperanza no es la única que ha acompañado a mis colmillos y muelas, que también las he echado con buena parte de los concejales, diputados, senadores y consejeros de las empresas públicas, aquellas que fueron públicas y aquellas que, sin ser públicas, necesitan un buen enlace con lo público.

¿Cómo no vamos, entonces, a hacer de los políticos el más repetitivo de nuestros topicazos? Los genios del liberalismo, de la socialdemocracia, del centro, de la derecha, de la izquierda y hasta de esas zonas nebulosas de los partidos minoritarios son los señoritos de la finca Sevillana, que en vez de en jaca se pasean por donde les place sobre los lomos de un utilitario o de un coche oficial, con escolta o sin escolta. Son los señores de las tierras forales que, sobre su montura, contemplan ese mayorazgo del voto cautivo con el que han construido el paisaje de sus abusos.   


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