30 abr. 2014

Los hombres tememos a las mujeres cuando son nuestras jefas. Costará que un tipo barbudo o calvo lo reconozca más allá de su círculo más íntimo, pero, sí,  una mujer mandando en una oficina, en un comercio, en una fábrica e, incluso, en una explotación agropecuaria tiene muchos más bemoles que un tío hecho y derecho. Para nosotros es una puñeta, vamos. Entre otras cosas porque ellas se creen obligadas a defender ese hueco de poder conquistado. Y porque, además, aplican a sus tareas (y a sus exigencias) las virtudes y debilidades que les corresponden por capricho de su sexo.


Es decir, que de igualdad nada, tampoco en el arte de mandar. Porque una mujer es puntillosa hasta más allá de lo razonable, y territorial (ojo con los del departamento de al lado, o con la competencia o con el sursum corda que se atreve a soplarles la melena), y tenaz hasta el agotamiento de aquellos que forman su equipo. Y mucho más competitiva de lo que podamos imaginar, pues aunque parece que la competición es propia de los hombres, son ellas las que buscan no solo llegar las primeras sino completar el trabajo mejor que los demás, lo que a los varones termina por agotarnos.
Una jefa puede esconder, detrás de sus ojos maquillados, una chispa de gata montaraz, lo que es una sutil manera de decir que hay jefas con un prurito de maldad, que ni olvidan ni perdonan a aquel que ha flaqueado en su fidelidad laboral, al que no pudo resistirse a curiosear por las páginas deportivas de internet o aquel que no sabe ocultar su flojera, que es uno de los pesares del hombre, especialmente de aquel que cuanto más oso, más hermoso.
La jefa pisa fuerte sobre las baldosas del negociado y no necesita –en principio- alzar la voz para que su ejército se le cuadre. Sabe que (aunque sea más guapa que un San Luis) no todos tienen para ella una colección de piropos, lo que le importa un pito. No transige, claro, con las compañeras que van de listas ni con aquellas que les quieren mojar la oreja, y mucho menos con las empleadas en las que adivinan un ladino propósito de querer moverle la silla. Y si descubren a alguna preferida de la monarquía empresarial, la destripan  en corrillo y sin remilgos junto a la máquina del café, aunque después le compongan una sonrisa helada y busquen la ocasión de hundirla en público. De sacarle los ojos, en resumen.
Las jefas son incapaces de comprender que los hombres sólo estamos dotados para cumplir nuestras tareas de una en una. Qué le vamos a hacer. Por eso cuando nos lo echan en cara, sus taconazos de vértigo, en vez de despertarnos un deseo inconfesable nos alientan la mala leche de que se tuerzan un tobillo y rueden escaleras abajo, preferiblemente ante la vista de todos, porque si algo vence a una jefa es el riesgo de hacer el ridículo, especialmente si viene enhebrado a un tropezón físico.
A mí, que no tengo jefa, me recorren sudores fríos cada mañana cuando abro la prensa y leo el vodevil de nuestra política conquistada por Sorayas, Cospedales y Valencianos. Detrás de su estilismo tan bien estudiado se transparenta la fiereza con la que se mueven por las cuevas de sus partidos, por las alfombras del Congreso, por las tablas de los mítines. Han puesto los escuadrones de hombres (eso que se llama “el aparato” y que suena a zafiedad) a su servicio. Y marcan equis y pisan cabezas como quien aplasta una colilla y sin despeinarse, que para eso tienen una partida de laca entre los gastos de representación.
Ponga una Soraya en su vida (venga del lado que venga) y échese a correr, buen hombre, pues la camisa no le llegará al cuello cuando sea llamado a capítulo. Me los imagino, pobrecitos, justificando sus torpezas mientras sus jefas se lacan las uñas. Ellos luchan por un lugar u otro en unas u otras listas mientras las reinonas deciden dónde va cada uno (incluso los mandan a casita) en un aleteo de pestañas.
Ahora nos sorprende un rifirrafe entre las dos Sorayas a cuenta de un sobre que no sabemos si existió o no existió, a cuenta de unos sobresueldos que cortan el hipo pero que nadie ha demostrado. Se presiente la tragedia y los hombres se retiran. Tal vez sea la ocasión de contemplar, en franco regocijo, como las tigresas se lanzan a una lucha sin cuartel, zarpazo viene, zarpazo va. Es lo que tienen las jefas.




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