17 may. 2014

Qué mal nos sale jugar a norteamericanos. Lo aventuró Luis García Berlanga en aquel épico “Bienvenido Mr. Marshall” que lleva tantas ocurrencias del genial Mihura, cuando en España ni los miembros del Cuerpo Diplomático hablaban inglés (por proximidad y petulancia, nuestra segunda lengua era la que mastican los gabachos). Disfrazarse del Lejano Oeste o de flamencos en Guadalix de la Sierra tuvo esa hilarante consecuencia, el bochorno de ver pasar como una exhalación a la comitiva mientras el alcalde se afanaba en su discurso y la chiquillada agitaba las banderitas de las barras y las estrellas.


Lo del debate televisivo fue un invento de los americanos –tan dados a los espectáculos de masas- que, en la campaña electoral de 1960 y aprovechando el efecto subyugador de la televisión en blanco y negro, paralizó en cuatro ocasiones al país de las oportunidades. Que Nixon descuidara su aspecto físico y JFK se dejara aconsejar por una pléyade de asesores marcó la dirección de la balanza hacia el más atildado de los dos, un joven que reunía la labia y la presencia necesaria para cautivar a todas las señoras que los domingos cocinaban pastel de carne.
La historia de nuestros políticos en cara a caras televisados es todavía reciente. Creo recordar que se inició con Felipe y Aznar, y recuerdo también como el sevillano (sucio hasta el flequillo con paletadas de corrupción) se zampó al del bigote sin dejar ni las espinas. Supongo que por entonces ya revoloteaban los asesores, los equipos de imagen, las maquilladoras con carné, los jefes de campaña y demás trolls que se cuelan en cualquier plebiscito que se precie para travestir la naturalidad de los candidatos de marras por una estudiada teórica de telegenia que acaba por aguar las emociones que, de modo natural, suscita en el electorado aquel que encabeza las listas.
No se nos ha olvidado “la niña” de Rajoy, capaz por sí sola de provocarle un mes de retortijones, como tampoco se nos han olvidado la colección de frases (de una cursilería propia de Luis Aguilé ofreciendo champán) con las que ZP salpimentaba sus intervenciones. Aquellos debates en las horas más oscuras de estos últimos tiempos recordaban un teatrillo de guiñol. Que si el color de la corbata, que si la altura de los atriles, que si sentados o de pie, que si la colección de asuntos a debatir, que si las condiciones de unos, que si las condiciones de los otros, que si los pactos previos, que si… Los candidatos quedaban como Epi y Blas, estúpidas marionetas manejadas por sus equipos de asesores, con “niña” de Rajoy subrayada en rojo como colofón del panfleto.
Lo de Cañete y Valenciano no ha sido menos. Prometían una pelea de ley entre el hombre campechano y la mujer populista, entre el político de las negociaciones exitosas y la demagoga de un equipo –el de Rubalcaba- que desde hace dos años está preparando las maletas. Pero, como no, los asesores hicieron de las suyas para que el resultado esperable se convirtiera en una derrota de ley para el adalid de los agricultores y una victoria sobrada para la heredera del lenguaje zapateril. Un K.O. en toda regla de Valenciano sobre el barbudo feliz.
Es posible que sin esa corte que mide cada segundo de televisión (no digas esto, no te retrepes en la silla, no escondas las manos, no bebas agua, no le mires a los ojos, no sueltes ningún “por favor”, no le reconozcas esto ni lo otro, no tosas, no carraspees, no bajes los párpados, no dejes de sacar los cartones con los gráficos, no eleves la voz, no te rías, no, no y no) las cosas hubiesen sido distintas. Es posible, sólo posible. La verdad es que me importa un güito porque no me identifico con este modo de hacer política, con este funcionar de los partidos en la seguridad de que el pescado está vendido de antemano porque consideran al ciudadano un consumidor de artículos de teletienda, con estos tejemanejes desde bambalinas, con esos asesores que no creen en la autenticidad sino en el efectismo y los fuegos artificiales. Si los candidatos resumen sus propuestas en estas guías de cómo ganar unas elecciones mostrando mi mejor perfil, por mí que se presente una modelo de pasarela, que nos enseñe las piernas y se lleve nuestro voto bajo del brazo.




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