28 jun. 2014


Cuando en una corrida de toros sale un morlaco de quitar el hipo por la arboladura de sus cuernos, se suele decir que al matador no le queda otra que “atarse bien los machos”, que son los borlones que sujetan la taleguilla por debajo de la rodilla. Es una manera de invocar al valor. Pues ante lo que parece depararnos el destino en la política nacional y continental, recomiendo vivamente que el sufrido ciudadano se ate bien los borlones, para que los pantalones y los calcetines sigan en su sitio.
Ya hemos tenido tiempo de asimilar los resultados de las últimas elecciones, en las que el Parlamento Europeo se ha teñido de una variedad de colores extremos que traen nubes de guerra. De guerra dialéctica, espero, a pesar de que en los discursos de los representantes elegidos (tanto de la extrema derecha como de la extrema izquierda) percibamos los golpes de tambor que anteceden a los ataques de los siux.

Tampoco el PSOE es un remanso de paz tras la anunciada dimisión de Rubalcaba. Aunque muchos se feliciten por el abandono del químico, hijo legítimo de Maquiavelo, la entrega de los trastos –continuamos con los símiles taurinos- no augura nada bueno para el único partido que, junto con el PP, puede ofrecer estabilidad a nuestro tembloroso país. Y no es cuestión de que los afiliados al puño y la rosa prefieran a un candidato u otro, e incluso a algún tapado que pueda rejuvenecer aún más la capitanía de las históricas siglas, sino que todos ellos son producto –yo también- de las leyes y los usos educativos de nuestra democracia.
Mi reflexión poco tiene que ver con la histeria de la derecha más carpetovetónica o con esa izquierda que sueña para el recibidor un muñeco en cera de Felipe González. Soy un paseante en Corte, testigo de lo que viene sucediendo desde aquel malhadado 11 de marzo que hirió nuestra democracia al resucitar a la dos Españas que Antonio Machado cantaba en sus coplillas, dos españolitos enfrentados que se odian –miren ustedes qué tontería- a cuenta del color de la papeleta que echan en una urna transparente. Al caminar por esta capital de provincias de aires manchegos para la que queríamos una Olimpiada, escucho las conversaciones, leo las pintadas y me topo –con demasiada frecuencia- con esa pléyade de desengañados que no creen posible la convivencia entre quienes tienen ideas distintas acerca de la administración de la cosa pública.
Vive en un dulce retiro aquel sabio alemán que nos prevenía acerca de la dictadura del relativismo, columna vertebral sobre el que se sujeta el pensamiento de los hombres y mujeres que son el relevo de los hijos de la posguerra. Ellos son –somos- las víctimas de la LOSE, de la LOGSE y de cuantos acrónimos inventados por nuestros legisladores para hacer de la educación el caldo de cultivo de un mundo blando en el que no existe el mal ni el bien, la verdad ni la mentira, el negro ni el blanco, lo honesto y lo deshonroso. Y de ese caldo han bebido –hemos bebido- la generación de la Nocilla, desconocedora de la historia de España, víctimas (lo que aún es más grave) de una lectura interesada y falsa de lo que nos ha hecho ser lo que somos.
Los líderes políticos que se adivinan apenas leen porque apenas han leído. Tampoco sus ideales están definidos porque su basamento es tan maleable como aquel moco de colores al que llamaban “blandiblú”, con el que jugábamos de niños. De los Reyes Católicos conocen lo que muestra la serie de televisión; dudan de que en la conquista de América no se hubiese dado el canibalismo por parte de las huestes de Colón, Pizarro, Hernán Cortes y otros prohombres a los que les gustaría arrancar del pedestal; creen a pies juntillas que la Guerra Civil fue una cuestión de buenos y malos, según el relato del cine de la Transición; interpretan la invasión francesa al modo de Curro Jiménez; saben que el Quijote es un personaje de dibujos animados, antihéroe de una novela muy gorda, y cuando tienen que elegir un momento histórico de las últimas décadas se decantan por la teta que se le escapó a Sabrina, una cantante italiana.

Qué peligroso dejar España al pairo de los que vienen. Sin embargo, la misma naturaleza nos dice que no queda otra. Atémonos los machos, entonces, y divulguemos entre los jóvenes bien preparados que nada hay tan noble como el servicio público a través de la política.
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