20 jun. 2014

A estas horas mi cabeza es una Termomix a la máxima velocidad y en plena ebullición. Trabajo a seis manos, como Nacho Cano cuando saltaba sobre los teclados electrónicos en las giras de aquel grupo musical de niños-bien de Somosaguas. Mientras redacto estas líneas, tengo el teléfono en altavoz, consulto un mensaje en el móvil, mi mujer sale a la carrera hacia la piscina municipal en la que nuestro microbio de cinco años se aplica para aprender a nadar, los dos mayores festejan que acaban de finalizar el curso y la del medio -¡menos mal!- disfruta a su aire con una novela.


De cuando en cuando consulto el reloj. Debemos estar todos preparados para salir a la carrera hacia la última fiesta escolar -y van cuatro-. Estoy resignado a recibir codazos del sinnúmero de padres que no se sienten felices si no consiguen colocarse en primera fila para fotografiar y filmar a sus hijos (que se cansan de mirarles y forzar sonrisas), como si fuesen los únicos que se han vestido de tigres, como si el hormiguero de pequeñuelos que les acompañan fuesen invisibles o feos, como si los padres que no sacamos imágenes para que fuésemos padres de segunda fila.

Además hace calor, un fuego de plomo que derrite la ciudad de Madrid. Hacia el Este se apelmazan las nubes y crece mi deseo de que rompa a llover, de que el mundo se rompa en una tormenta feroz que arranque los puestos de helados de corte y las sombrillas de Coca-Cola.

Viene mi hijo mayor para decirme que ya no hay puestos de helados de corte, que eso se estilaría en mis tiempos, cuando con cinco duros te daban uno bien ancho y de tres sabores, encarcelado entre dos galletas que parecían planchas de cartón. Y entonces se apunta el segundo para advertirme que el decorado veraniego ya no es monopolio de la Coca-Cola, como antaño, que ya no regalan balones hinchables de Kodak porque Kodak ni siquiera existe (y si existe, no se nota) y que nadie se pone calcomanías en el ombligo. Decido ponerme a su altura. Es decir, simulo ser el mozuelo que no soy al informarles de que si no hay puestos de helados ni sombrillas rojas, tampoco se ven buzones. Al menos, no tantos como antes, porque cuando escribo una carta me las veo y las deseo para encontrar la boca amarilla que se alimenta de secretos matasellados. Para que reviente de melancolía, uno y otro me preguntan a coro qué es una carta. Dispuesto a ilustrarles acerca del que sin duda es el más veraz de los géneros literarios, mientas busco las palabras para componer un buen inicio, uno de ellos me guiña un ojo y sonríe, feliz por haberme “colado” un “pleno”, qué no sé bien lo que quiere decir, pero me aguanto y no se lo pregunto, no le vaya a dar leña para alimentar mi propia hoguera.
Suspiro. Necesito acabar este artículo. Después mordisquearé una manzana (a mí, que nunca me ha atraído la fruta. A mí, que no soporto mirarme la tripa de perfil en el espejo) y me pondré a pintar. A mi lado tengo el vaso con agua, la caja de acuarelas, el papel grueso, el lápiz, los pinceles alineados… Caigo en la cuenta de la fiesta de fin de curso, la última de un rosario interminable, en la que pondrán los altavoces a toda pastilla para que no podamos hablar. Sonarán espantosas canciones de Parchís, La abeja Maya y Comando G. Dios mío, cada vez que pienso en la formación musical de los niños de este país me tiemblan las corvas… Y habrá tómbola para el viaje de fin de curso de no sé bien qué promoción, cuando el curso ya ha hecho aguas y los viajes están todos cerrados. También habrá puestos de perritos calientes, churretones de tomate kétchup que caldeará aún más la atmósfera gomosa de la tarde. Y en mis anhelos las acuarelas que se derriten en el desván, el papel blanco, el vaso con el agua que se evapora, los pinceles secos… Y frente a mí la madre con la cámara en ristre: <<¡Lauritaaa………….! ¡Lauritaaa……!>>, y la niña que no quiere mirar, burbujeante en su disfraz de oso, cansada de tener esa madre pegada a una cámara, a un teléfono, a una tableta; cansada de tener ese padre al que no le ha correspondido el día de hoy y por eso no ha ido al colegio dispuesto a sacar sus propias fotos; harta de tener unos padres tan escrupulosos a la hora de cumplir las decisiones de su Señoría.

Cuando vea aparecer a mi pequeña vestida de lo que haya terciado el colegio, la emoción me empujará a intercambiar una mirada con mi mujer. Y nos sonreiremos porque habré comprendido que no importa que estemos a finales del mes de junio y apriete el calor, que los niños hayan terminado el curso y no existan los puestos de helados de corte, que Enrique y Ana lleven setenta años chillándonos la historia de su gallinita y que haya tanto padre con el visor clavado en la ceja. Porque soy un hombre afortunado, bendecido por la compañía de esta chica con la que llevo tantos años compartidos, y por estos cuatro hijos que nos ha regalado el Cielo, y por estas manos libres de dispositivos, y por esa acuarela que, definitivamente, se quedará en el limbo.  





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