5 jul. 2014

<<Pienso, luego existo>> no sólo es una frase lapidaria de los manuales de Filosofía sino un magnífico eslogan para hacer camisetas al pairo del <<Haz el amor y no la guerra>>, <<Cuidado que voy borracho>> o <<Chanquete se ha muerto>>. También sería la matriz de una magnífica campaña publicitaria para llenar las aulas de las universidades privadas, pues a la crisis económica de las familias se une el final de los últimos coletazos del babyboom, y en lo que fueran laboratorios y salas de lectura e investigación resuenan los ecos de la ausencia. Estamos de acuerdo en que sin pensamiento no hay existencia (lo lamento por los que consideran que el perro es su mejor amigo o por aquellos que desean reencarnarse en coleóptero), de igual modo que sin pensamiento tampoco hay Universidad, por muchos campus que tachonen la piel de toro.


Pero lo de la Universidad es una excusa con la que proponerles el siguiente supuesto: si Descartes volviera a la vida, ¿completaría sus famosísimas tres palabras con un –es un bobo suponer- <<y porque estoy en las redes, también existo>>? Mi duda no es demasiado ingeniosa, pues hace tiempo que sobre el asunto pedalean sociólogos, educadores, padres, periodistas y policías, estos últimos con el encargo de desenmascarar a tanto mal nacido que hace de la comunicación electrónica celada para sus cacerías infantiles. Si la traigo a colación (que el pensador gabacho me perdone) se debe a que en mi perfil de Facebook se asomó, hace apenas unos días, el rostro de un conocido que lleva muchos meses muerto. No me pedía mi amistad –el susto hubiera sido mayúsculo-; sólo me miraba desde su fotografía de presentación con una melancolía ausente, pues en sus ojos congelados brillaba la necesidad de abandonar, de una vez y para siempre, esa gran mentira en la que la vida no es vida ni la muerte es muerte sino vanidad. Vanidad en una dimensión manufacturada para dibujar una sonrisa con la que engatusar a toda una manifestación de contactos, incluso cuando la tierra (paladas de tierra) ha puesto entre unos y otros la distancia insalvable.
Suena morboso, pero los muertos que navegan por esas ventanas se cuentan por millares, por cientos de millares, por millones. ¿Cuántos suman cada día?… Un estudio habla de treinta mil. Treinta mil cadáveres diarios en la morgue de Facebook, de Tuenti, de Twitter, del Whatsapp, sin que existan procedimientos asequibles para que los familiares puedan retirar el cuerpo de las pantallas.
A veces me llegan mensajes de personas desconocidas: se abre una ventanita mientras consulto mi perfil de FB, por la que se asoma el rostro de un individuo o individua que me pregunta, así por las buenas, <<¿Qué tal?>>, o me lanza un <<Hola>> cosido a un aburrimiento plomizo, a una soledad de psiquiatra, a una curiosidad estúpida o vaya usted a saber. Debería probar a responder <<Aquí, pudriéndome un poco>>, o <<Jugando a los chinos con San Pedro>>, o <<Conociendo a mi tatarabuela>>, salvo que el susodicho también viniese del más allá. ¿No será el espiritismo del siglo XXI? ¡Lo que nos faltaba!
Una vez hice la probatura y me quedó una quemazón en el alma: pulseé en Google el nombre de una persona muy querida que había fallecido unos cuantos años antes de que el ordenador y, por supuesto, internet nos sabotearan las horas. Era una suerte de descanso, como el que entre gestión y gestión se levanta de su mesa y sale a echarse un pitillo o a la máquina del café. Yo tecleé el nombre de aquella ausencia que de pronto había echado de menos. ENTER. Unos segundos en los que la máquina se puso a pensar y, ¡zas!, mi ser querido en una, dos, tres y hasta seis entradas, que hablaban de él en presente, como si todavía caminara por las calles, como si aún estuviese activo su DNI, como si pudiera descolgar el teléfono para preguntarle a qué hora nos vemos.
Me importa poco si de mí quedan flecos prendidos a la red de redes. No estaré para verlo. Sin embargo no se van de mi cabeza los ojos tristes de aquel conocido al que acompañé a su propio entierro. Junto a la foto aparecen sus datos personales, las habilidades con las que quería que le conociera el mundo, la música que solía escuchar, el libro de poemas que siempre le acompañaba y el filón de sus amigos, cientos, que seguramente siguen sorprendiéndose al ver cómo se asoma a sus pantallas. Parece que viene a rogarnos, no sé, que no le olvidemos.
 


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