6 jun. 2014

Nunca pensé que llegaría a dar una exclusiva acerca del Rey. Son tantas y tan amarillas las que han llenado los titulares de los últimos años que, por esta vez, me alegra decirles que la tengo: Don Juan Carlos, apenas vio el mensaje que había grabado mientras lo emitía la televisión, llamó a uno de los sacerdotes que están asignados para atender el Palacio de la Zarzuela y le solicitó que celebrara una misa de acción de gracias, a la que asistió acompañado por el jefe se su Casa. Es decir, una misa íntima en la que estuvo presente el Rey y en la que –no tengo certeza, aunque me consta que ha ejercido ese papel en numerosas ocasiones- actuó de acólito.


Me enternece este segundo capítulo –tan íntimo- , de la jornada en la que anunció su abdicación, pues podemos hacernos una idea de la personalidad del Rey, esa que no reflejan los periodistas y que no forma parte de los tópicos ni de sus rasgos que todos conocemos. La Eucaristía de acción de gracias por los casi cuarenta años de reinado nos habla de su fe. A pesar de los pesares, a pesar incluso de sus propios pesares, Don Juan Carlos se ha sabido acompañado por Aquel que dijo que los reinados de este mundo son voluntad de Dios y que sólo adquieren sentido cuando el que los ejerce atisba la mano divina.Son cascada las loas hacia la persona y la figura de Juan Carlos I.
Tantas y tan repetidas que empachan. La corte de comentaristas que ahora lo elevan al panteón de los hombres sin tacha, de los estadistas, de los genios de la estrategia, de los padres de la democracia… le hacen flaco favor, ya que esos panegíricos tienden a la caricatura, a veces tan grotesca como la que trazan aquellos que no le quieren; es más, que lo miran con recelo y hasta con odio porque siguen entendiendo el mundo como una guerra de clases en la que –faltaría más- son los desclasados los únicos que deberían llevar ceñida la Corona.
Los historiadores, cuando se abra la caja de pandora en la que se esconde la filigrana de la Transición, la nuez de esta democracia, nos dirán el papel que realmente ha jugado el Rey, este Rey que ha abierto los salones de la Zarzuela a monárquicos y republicanos, a indiferentes, a nacionalistas, a separatistas y a todo visitante extranjero que tuviera algo que contarle, algo que escucharle. Tal vez esta enumeración basta para un juicio inmediato, pegado a esa alfombra que tantísimas veces ha pisado el monarca, con ganas y sin ellas, también en estos últimos diez años en la que la mayoría de los jubilados se dedican a curiosear las obras, jugar a las cartas o ver la televisión.Dicen los grandes empresarios españoles que Don Juan Carlos, sin pertenecer a ningún consejo de administración, les ha abierto las puertas del mundo.
La duración de su reinado ha facilitado mucho las cosas, estoy convencido, frente a la incógnita que supondría un presidente de la república en un país segundón como el nuestro, elegido cada cuatro o cada ocho años y con la presión de estas dos Españas que se avergüenzan del patriotismo.Que ahora sea un hombre de cuarenta y seis años, heredero de una dinastía, el que va a ser proclamado Rey de España en esta tierra que se expande y deshace por las autopistas de la globalización, me parece un lujo. Además, emociona su entronque con el pasado, el pedestal de lo mejor de nuestra Historia –que tiene las muescas indisimulables de los episodios de villanía, también villanía real-, la fidelidad del pueblo a sus monarcas, la liturgia, el ceremonial y, sobre todo, esa pátina de servicio a los demás con el que Juan Carlos I abrió este capítulo que Felipe VI va a continuar y -¿por qué no?- reforzar más allá de la empatía, de los aciertos y de los errores.No le arriendo la ganancia a Don Felipe.
Ni siquiera al viejo Rey que está a punto de marcharse. Los torticeros se llenan la boca al hablar de sus privilegios, regalías que yo pongo en solfa, pues me parece un purgatorio vivir con la obligación de limitar tus capacidades a sancionar leyes, dar discursos, viajar y viajar y viajar, y tener siempre que esconder tu opinión. Un castigo el sometimiento al juicio público sobre todos los recovecos de tu vida. Un lastre saberte casi imposibilitado para la intimidad, para el libre desarrollo de muchas de tus habilidades, para moverte de aquí para allá sin la constante vigilancia de un séquito que debe visar tus palabras, tus gestos y tus emociones. Un cansino aburrimiento la rueda infinita de actos públicos, los besamanos, los inoportunos, los maleducados, los pelmazos… y en el gesto siempre afabilidad, siempre amabilidad, siempre paciencia. Eso va en el sueldo, dicen. Eso lo trae la Corona, digo.




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